Notas

de Viaje

 

 


I

MIÉRCOLES, 3 DE AGOSTO DE 1994. Me subo a mi coche en Sabiñánigo, capital de la comarca aragonesa del Serrablo; son las 7 horas y 30 minutos, y la mañana de verano se me antoja fresca y pálida. Nervioso, pongo rumbo hacia el norte, dirección Biescas. Llegué ayer al mediodía. Ha sido una noche de sueño ligero y de ensueños pesados. Soy incapaz de conectar la radio del coche; delante de mí va un autobús lleno de franceses con pantalón corto y cámaras de vídeo colgando de sus cuellos a modo de corbatas (prefiero las corbatas, por lo menos no necesitan pilas, y aunque no sé hacerles el nudo, algunas llevan la efigie del Pato Donald y son muy divertidas, y cuando sea mayor llevaré corbata hasta para hacer footing y barbacoas); ignoro el motivo por el que la cuadrilla de franceses madruga tanto (Dios les ayude y les asista) y, además, el autobús va muy despacio (y los zaragozanos a bordo de sus imponentes cochazos nos adelantan a mí y a los franceses pero yo no me atrevo a adelantar al autobús), así que me impaciento, me impaciento, ME IMPACIENTO y me impaciento, pero es que no lo puedo evitar, y lo inevitable es que la carretera está en obras, hasta en esas horas tempranas de la mañana.

Por fin, el cruce de Oliván, a la derecha, donde me desvío y esquivo los baches. Sólo son las 7 horas 44 minutos y mi viejo y querido coche (mi compañero de viaje) ya está aparcado en la pequeña plaza de la iglesia románica de Oliván (s. XI), junto a un contenedor de basuras y otro par de vehículos.

Más corriendo que andando, no son ni las 8 horas cuando mis pies cruzan la presa de Oliván, donde caen las aguas del barranco sobre un pequeño embalse que visité con #... hace poco más de un mes, cuando yo era completamente diferente -y que lejos están aquellos días ahora, y que lejos están algunos antíguos amigos que me acompañaron en mis sueños, y que lejos estoy yo también ahora, hasta de mí mismo. Pero siempre supe que, de llegar a Ainielle, llegaría solo -tal vez mis sueños sean demasiado poderosos, o peligrosos y complicados, para ser compartirdos por nadie.

Miro el reloj, me emociono y comienzo a caminar montaña arriba. El Viaje a Ainielle ha comenzado, y sé que esta vez va en serio.

 


II

SON UNOS SEIS KILÓMETROS de pista forestal cuesta arriba hasta encontrar, a mano izquierda, la senda infestada de zarzales que sube hacia lo más alto de las colinas y que conduce a Ainielle, pueblo fantasma perdido en lo más recóndito de esas montañas del Pirineo de Huesca que por aquí denominan Sobrepuerto. Seis kilómetros cuesta arriba -deseando encontrar de una maldita vez la vieja senda que comunicaba Berbusa con Ainielle- y casi dos horas de caminata bajo el fiero sol del Serrablo durante las cuales rememoro el comienzo de esta historia; fue más o menos como sigue:

HACE UNOS SEIS AÑOS, EN AQUELLA ÉPOCA ya lejana de personalidades tormentosas vestidas de negro y sueños varios sacados del congelador, yo visitaba noche tras noche mi bar favorito. Allí pedía mi combinado de whisky Dyc con Casera-cola y me sentaba, si estaba libre, en mi mesa favorita, junto a la pared luminosa. El techo era negro y estaba decorado con estrellitas brillantes, que lucían esplendorosas no sé si con luz propia o yo que sé que más. Contemplaba las estrellas mientras apuraba mi whisky y escuchaba la música en soledad; al final, mi triunfo nocturno particular consistía en escuchar dos canciones, desconocidas hasta entonces para mí, que brillaban con peculiar luz propia entre las del resto: Love will tear us apart, de Joy Division, y Under the Milky Way, de los australianos The Church. La primera decía:

Cuando la rutina golpea fuerte y las ambiciones son pocas,
y cabalga el resentimiento pero las emociones no crecen,
y cambiamos nuestras costumbres, tomando diferentes caminos,
entonces el amor nos volverá a destrozar.
El amor nos volverá a destrozar otra vez.
¿Por qué está tan frío el dormitorio, dándome tú la espalda?,
¿Gritas en tu sueño, todos mis defectos se revelan?,
Tengo un sabor en la boca mientras la desesperación me hace presa.,
Y entonces, el amor nos volverá a destrozar,
el amor nos volverá a destrozar otra vez.

La segunda canción maravillosa decía lo siguiente -y nunca imaginé que, seis años mas tarde, conocería el contenido de su letra gracias a la ultima Mujer Druida del Bosque de Bugarach, "La Capitán", propietaria del velero "Sirena Varada", heredado de su abuelo, viejo lobo...:

SONG: Under the Milky Way
Steve Kilbey/ Karin Janssen
1.988CE

Sometimes when this place gets kind of empty,
Sound of their breath fades with the light.
I think about the loveless fascination,
Under the Milky Way tonight.
Lower the curtain down in Memphis,
Lower the curtain down all right.,
I got no time for private consultation,
Under the Milky Way tonight.

Wish I knew what you were looking for.
Might have known what you would find.
Wish I knew what you were looking for.
Might have known what you would find.

And it's something quite peculiar,
Something that's shimmering and white.
Leads you here despite your destination,
Under the Milky Way tonight (Chorus)
Under the Milky Way tonight.

Ojalá supiera lo que estabas buscando...
podría saber lo que ibas a encontrar,
bajo la Vía Láctea esta noche...
Y es algo tan peculiar,
algo tan resplandeciente y brillante,
llevarte hasta aquí, a pesar de tu destino
.....bajo la Vía Láctea esta noche.

Mientras escuchaba noche tras noche esas dos canciones, pensaba en la persona que nunca aparecía por esa puerta (si bien una noche estuvo acompañándome mientras sonaban de manera milagrosa los dos temas). Pensaba en como el amor puede ser fascinación más que una unión simplemente química, y a mí me había tocado -quizá- bajo la forma de una mujer más joven que yo, delgada, de ojos grandes y facciones árabes y cabellos oscuros que caían en hermosos tirabuzones sobre sus pálidos hombros. Mientras lo contemplaba, el hielo se disolvía en el vaso y yo me retiraba a dormir; una noche, sin embargo, escuché una voz familiar que se acercó con una sonrisa, una cerveza en las manos y un cigarrillo:

AH!, ¿ERES TÚ?, SIÉNTATE, SIÉNTATE.

Era mi amigo, que había bajado de sus montañas, de sus sueños evasivos de siempre, de su observatorio astronómico nocturno junto a la vía del tren, y que ahora se sentaba y comenzaba a hablarme. Nos invadió cierta alegría contenida, mientras elevábamos la voz para conseguir oírnos sobre aquellas canciones un tanto oscuras.

Mi amigo vivía y trabajaba, desde hacía pocos años, en un pueblo del Pirineo de Huesca. No lo había visto desde hacía dos años, pero poco habíamos cambiado. Me habló de su trabajo, de su afición a la música (experto drummer), la lectura y la fotografía, de su novia, guapa y rubia, que se había quedado en el pueblo, y de las noches en la montaña bajo el frío y bajo las estrellas, y de cómo la gente allá arriba era muy diferente a la de aquí, y las noches nunca se acababan, y todos bebían, se saludaban, peregrinaban de bar en bar -luminoso huracán de palabras en la ronda a tabernas.

Terminó de sonar mi segunda canción (tarde o temprano, todas las noches sonaban las dos), y yo ahogaba una lágrima que amenazaba con desparramarse sobre los pedazos de hielo del vaso. La Fascinación sin Amor bajo la Vía Láctea.

Mi amigo era hombre de pocas palabras (cuando estaba sobrio), así que me dijo simplemente:
-Oye, ¿por qué no te vienes conmigo al pueblo, este fin de semana? Necesitas un poco de marcha. Se te pasarán todas estas tonterías en una sola noche.
Le acompañé, y caminamos en silencio bajo el cielo sin estrellas hasta la puerta de su casa, donde nos despedimos.

 


III

Pocos días después partimos hacia el norte en el coche de mi amigo. Salimos como a las seis de la tarde y llegamos sobre las once de la noche. Era invierno, y la oscuridad rodeó el coche; yo no paraba de hablar y él me escuchaba pacientemente. A ratos invertíamos los papeles. Yo nunca había estado en las montañas del Pirineo Aragonés, e imaginaba que el coche iba subiendo, subiendo, tal vez volando... Antes de llegar paramos en Huesca y me pareció estar en otro mundo: hacía frío, pero era un frío diferente, como acogedor, y el aire olía a heno y a campo y a recuerdos adormecidos de la infancia. Al dejar la ciudad ascendimos las primeras montañas. Tras atravesar un largo túnel (el túnel de Manzanera), mi amigo detuvo el coche y me hizo salir. Hacía frío. Junto a la carretera había una fuente, casi invisible en la oscuridad.

-Bebe, quien bebe de este agua vuelve a estas montañas. Siempre paro aquí a beber, es como un rito inevitable.

Bebí y resbalé sobre el hielo. El agua estaba muy fría y tuve la certeza de que, efectivamente, volvería a esas montañas. Entonces mi amigo señaló hacia arriba, miré y el impacto fue brutal. No había visto tantas estrellas juntas en toda mi vida, y tuve casi miedo, miedo de que me secuestraran y de que mis pies se elevaran. Me quedé sin habla.

-Bueno, no hay para tanto; en noches sin luna puede verse perfectamente hasta la Vía Láctea. Bajo la Vía Láctea esta noche... recordé la canción y pensé que alguna vez yo vería la Vía Láctea, brillando sobre mi cabeza, y me indicaría el camino hacia no sabía donde, hacia un lugar que yo intuía como un ligero horizonte brillando en el mar bajo el sol o como un pequeño pueblo, lleno de gente riendo y bebiendo, que me llamarían y me saludarían por mi nombre, aún yo sin conocerlos.

Y estaba yo tratando de poner un poco de orden en mi cabeza sobre el significado de algunos sueños y mitos privados cuando, junto a la carretera, vi un cartelito azul con doce estrellitas doradas en el que se leía:

CAMINO DE SANTIAGO
RUTA XACOBEA

Y recordé las leyendas y tradiciones en las que los peregrinos que buscaban el Santo Grial de sus sueños en la tumba del apóstol Santiago, se guiaban de noche por la estela luminosa de la Vía Láctea. Y yo también me sentía, en cierto modo, como buscando mi Santo Grial particular. Pensando en todo esto la carretera se iluminó repentinamente: el coche entraba en nuestra ciudad de destino.

ES EXTRAÑO LLEGAR A LOS SITIOS de noche, es como visitar los lugares en sueños, más aun si se trata de sitios hasta ahora desconocidos por nosotros. Me ha pasado varias veces, y siempre en lugares que, posteriormente, han sido muy importantes para mí.

Aquella noche descubrí, entre los vahos de ensueño del alcohol y la tristeza, un mundo nuevo, diferente y ensoñador. Decenas de personas que me saludaban -sin conocerme-, me ofrecían una sonrisa o un sorbo de cerveza, risas, frío, mucho frío ambiental y mucho calor humano, más risas, más frío y la música a todo volumen. Pamplona en fiestas hubiera tenido envidia de ese lugar. Fear Loves this Place: said Laughing Boy, the Magical Transit child, we live in a Hell or in a Heaven?.

Sobre las tres de la mañana la borrachera (compartida) era insostenible; los bares estaban repletos, y llegué a la conclusión de que todo el mundo estaba en un estado etílico parecido al mío, y que nos aguantábamos de pie gracias a que nos apoyábamos los unos en los otros. Y la música cada vez más fuerte, y el humo cada vez más denso... Yo no sabía como aguantaba la gente, hasta que di con el truco: el bar de turno estaba lleno, pero había un constante trasiego, un equilibrio dinámico mantenido entre los que estaban dentro y los que estaban fuera, cuando no lo era entre los que cambiaban de bar. Si dentro había unas noventa personas, afuera, en la calle, habrían unas diez, siempre cambiantes, de modo que cada parroquiano pasaba un diez por ciento de su tiempo fuera del bar, regenerándose gracias al aire frío de la noche, y dentro permanecía un noventa por ciento de su ciclo nocturno-vital. Vamos, que salíamos a la calle a respirar hasta que el intenso frío de las noches de diciembre en el Pirineo nos obligaba a entrar en el bar para intoxicarnos. Además, ¡afuera se podía hablar!, y casi sin alzar la voz. En una de estas salidas depurativas mi amigo me presentó a un hombre joven, de cabello corto, barbita y gafas redondas. Nuestra conversación derivó hacia el tema de los pueblos abandonados de la provincia de Huesca (hay como unos doscientos pueblos abandonados y en ruinas). Se iluminaron los ojos de este hombre tras las gafas, y alzó la voz, diciendo como podía:

-Ah, ¡hip! Yo tam...bién he visitado muchos pueblos abandona...dos, hip. Pero he llegado a sitios mucho más recónditos de lo que te imaginas. Hace un año estuvo por aquí Ju...Julio Llamazares, el escritor, y le acompañamos a Ainielle. ¿Has oído hablar de Ainielle? Está detrás de esas montañas, y sólo se puede llegar tras caminar varias horas, y muy poca gente conoce el camino. Y sólo lleva abandonado veinticinco años.

"Pues de ese viaje Llamazares escribió La Lluvia Amarilla, un libro que se ha hecho muy famoso. Es el monólogo del último habitante de Ainielle, que describe sus últimos años, de como la soledad, hip, se apodera del pueblo y de su corazón, y allá arriba sólo que.....dan un montón de rui.....nas.

Y dejé de escucharle mientras pensaba que, efectivamente, leería el libro y me perdería entre las ruinas de Ainielle viajando a través de sus páginas. Y delante mío estaba la calle, más allá la vía del tren, donde dormían su sueño algunos vagones; y a lo lejos, la sombra amenazadora de las cumbres del Sobrepuerto, detrás de las cuales dormían también las ruinas y los fantasmas de Ainielle. Y miré a lo alto y entre las estrellas imaginé dibujarse la Vía Láctea, y mentalmente seguía su recorrido que terminaba detrás de aquellas montañas, allá arriba, en Ainielle.

Se abrió la puerta del bar y sonaron varios compases de Under the Milky Way. En la pared, alguien había escrito con letra temblorosa:

Únete a le gente de ojos brillantes
y caminarás toda la vida
sin pisar el suelo.

 


IV

DEJÉ LA MONTAÑA DOS DÍAS MÁS TARDE, y olvidé todo lo que allí había pasado: aquella gente tan viva, aquellas noches tan frías y salpicadas de alcohol, aquel Camino de Santiago que allí comenzaba, aquel pueblo fantasma, abandonado al final de la Vía Láctea. Y aunque me había propuesto firmemente comprar, pedir prestado o robar un ejemplar de La Lluvia Amarilla nada más regresar, la historia se quedó en una pura anécdota, olvidada entre tantas otras. Además, dejé de acudir al bar de todas las noches, para oír las canciones de todas las noches; de este modo, se desvaneció el brillo de la Vía Láctea sobre mi cabeza -yo comencé a cambiar y el resto de la gente también, y todos nos hicimos algo más tristes y más viejos, y ya no nos vestíamos tanto de negro ni nos perdíamos noche tras noche en la Ronda a Tabernas, y reemplazamos la camaradería del borracho por la camaradería más falsa y fascista de los juegos de salón, el vídeo de culto y los polvos blancos y olorosos como plantas tropicales.

Pocos meses después de mi primer viaje, la amiga que, hasta la fecha, llenaba con su ausencia mis noches de insomnio y soledad -pero que a partir de entonces comenzó a llenarlas con su compañía- me consultó acerca de un regalo de cumpleaños, destinado a una amiga suya, luz entre las sombras. Intentando deslumbrarla con mis conocimientos de literatura, empecé a ennumerarle toda una serie de libros que pudieran ser adecuados, hasta que de súbito recordé el libro que NO había leído: La Lluvia Amarilla. Y recordé fugázmente la historia que sucedió en aquella fría noche pirenaica de borrachera. Y fui feliz con este recuerdo, y aquella misma noche tuve aquel sueño:

EL SUEÑO COMENZABA en el pueblo del Pirineo Aragonés en donde residía mi amigo. Era de noche, había luna llena y las calles y los bares estaban repletos de gente joven y viva, y las luces no se apagaban en la ronda a tabernas. Yo estaba con una serie de personas conocidas, mi amigo, su novia, la chica que me había hecho recordar con su pregunta la historia de Ainielle y otras personas que ahora no recuerdo.
Alguien dijo:

-Esto es muy agobiante, vayámonos a la montaña.

Y yo respondía:

-De acuerdo, vamos en mi coche, yo conduciré.

Y montábamos todos en mi coche, full of light + travelling far, and how we zoomed, how we zooooomeeed... -y por esas contradicciones maravillosas que sólo se dan en lo sueños recuerdo que nos montamos en el vehículo como unas diez o quince personas. (Recuerdo otro sueño anterior en el que yo, agobiado al máximo, intentaba aparcar mi coche, y como no lo conseguía acabé llevándomelo bajo el brazo. Me desperté riendo).

Así que guiados por mí al volante nos alejábamos del pueblo y nos adentrábamos en las montañas, y el paisaje era fantástico y embriagador, y todo brillaba a la luz de la luna llena con tonos azulados y plateados. Hasta el aire tenía un olor especial: olía a noche de agosto, a noche maravillosa en la que todo podía suceder, en la que podríamos recuperar nuestras almas perdidas que una vez arrojamos al Mar.

Nadie mencionó hacia donde íbamos, pero yo sabía que estábamos buscando Ainielle, lugar que en el sueño se revelaba para mí como una especie de tierra prometida, como mi Shambala particular. Y a medida que el coche avanzaba por las montañas yo estaba cada vez más excitado, y me sentía más feliz. Pero la carretera se veía bruscamente cortada por un barranco, y sólo era posible seguir a pie.

Estábamos en la plaza de un pequeño pueblo con una iglesia románica, y allí se quedó el coche. Pero no todo el mundo consintió en seguir, a la mayoría la idea les pareció absurda y se dieron la vuelta. Los menos continuábamos adelante, pero la gente iba abandonando la excursión y cada vez quedábamos menos. Y el camino era largo y empinado, y los pies nos dolían más y más. Caminábamos sobre algo parecido al cauce seco de un río; los cantos rodados brillaban con un tono azulado bajo la luz de la luna llena. Mi amigo decía: "YA DEBEMOS ESTAR LLEGANDO, DETRÁS DE ESA COLINA DEBE ESTAR AINIELLE". Y cuando rodeábamos la colina nos encontrábamos con que el sendero continuaba ascendiendo, y nuestras fuerzas iba decayendo, y detrás de la montaña encontrábamos otra montaña más alta, y así sucesivamente.

Finalmente, sólo quedamos en el camino mi amigo y yo. Él se sentó en el suelo, agotado:

-Sigue tú adelante, sé que llegarás. Yo no puedo más.

Me quedó cierta sensación de tristeza al notar que todas las personas a quienes había convencido de mi intento habían desistido de seguirme, y que se habían quedado atrás, en el camino. Me invadió una sensación fría de soledad junto con el convencimiento de que, si quería llegar a Ainielle, debería hacerlo solo.

Finalmente, miré hacia el cielo, como pidiendo ayuda; y allí estaban como millones de lágrimas chiquititas iluminándolo todo, indicándome el camino. La Vía Láctea me servía de guía, y recuperé toda mi fortaleza. Caminaba mucho más deprisa, y en vez de mirar las piedras (como había hecho hasta ese momento para no tropezar), miraba a lo alto, y mis pies parecían flotar, como si las estrellas tirasen de mí. Y al final de la Vía Láctea se encontraba Ainielle. Veía sus casas a lo lejos, a la distancia subjetiva de unos pocos kilómetros, apoyadas sus casas derruidas sobre la ladera de una hermosa montaña, ¿o quizás era una nube?; porque el pueblo parecía flotar en el aire de la noche. Y mi pulso se aceleró, y mis ojos brillaban mientras yo caminaba sin tocar el suelo, como decía aquella frase que había visto pintada en la pared. Y estaba convencido de que allí iba a encontrar la inexplicable felicidad, que Ainielle me estaba esperando flotando en las nubes, lugar solitario como mi corazón, porque de llegar alguna vez, llegaría solo.

Pero el sueño se parecía cada vez más a la fábula del burro que intenta inútilmente agarrar la zanahoria. Y desde el interior de mi sueño era consciente de estar soñando, y de que había llegado el momento del despertar y que no lo deseaba. Finalmente, no fui capaz de prolongar por más tiempo el estado onírico y me desperté.

Permanecí en la cama por espacio de una hora larga, con los ojos abiertos, contemplando los rayos de sol que se filtraban por entre las rendijas de la persiana; disfruté en ese momento de una extraña mezcla de sentimientos: sentimientos de felicidad, de soledad y de tristeza. Se desvanecieron cuando salí a la calle y el sol de primavera me atizó en la cara, haciéndome estornudar. Me dirigí a una librería y compré La Lluvia Amarilla, de Julio Llamazares. En el camino a casa ya lo estaba hojeando; concluí su lectura antes de acabar la tarde.

Cuando lleguen al alto de Sobrepuerto, estará, seguramente, comenzando a anochecer. Sombras espesas avanzarán como olas por las montañas y el sol, turbio y deshecho, lleno de sangre, se arrastrará ante ellas agarrándose ya sin fuerzas a las aliagas y al montón de ruinas y escombros de lo que, en tiempos, fuera la solitaria Casa de Sobrepuerto. A lo lejos, frente a ellos, en la ladera opuesta de la montaña, los tejados y los árboles de Ainielle, ahogados entre peñas y bancales, comenzarán ya entonces a fundirse con las primeras sombras de una noche que aquí, contra el poniente, llega siempre antes. Ningún signo de vida podrán adivinar en la distancia. Y sin embargo, los que contemplen el pueblo desde las altas campas de Sobrepuerto sabrán que, aquí, entre tanta quietud, entre tanto silencio y tantas sombras, yo les habré visto y estaré esperándoles.

Así comienza el monólogo de Andrés, de Casa Sosas, el último de Ainielle; esperando la llegada de los hombres de Berbusa, el pueblo vecino en el que sólo quedan seis familias, contándonos como va muriendo Ainielle mientras se desvanecen sus últimas ilusiones -asimilando el derrumbe de las casas, atraídas por la humedad y el descuido a la tristeza producida por la caída de las hojas amarillentas de los chopos en otoño. El otoño que se apodera de Ainielle, de la chopera que se encuentra en la entrada del pueblo, junto al pequeño río, y el otoño que se apodera del alma de Andrés.

Andrés fue el último habitante de Ainielle; se resistió a marchar cuando la familia de Bescós dejó el pueblo. Se quedó solo con Sabina, su mujer, y con la perra. Hasta que en la víspera de Navidad, Sabina comienza a vagar sola por la nieve y entre las ruinas, y el día siguiente aparece colgada de la maquinaria del viejo molino; acudieron los hombres de Berbusa en ayuda y compañía de Andrés y, cuando al amanecer abandonaron Ainielle, Andrés se quedó solo, con la única compañía de la soga con la que se ahorcó su mujer, soga que llevará atada a la cintura hasta el final de sus días, hasta el final de Ainielle, hasta que los hombres de Berbusa remonten las altas campas de Sobrepuerto y, al anochecer, lleguen a Ainielle, a velar los restos de Andrés, el loco, el último de Ainielle; a esperar la llegada del día para enterrarlo en la tumba que él mismo cavó para él. Y con Andrés morirá Ainielle, el pueblo mítico que casi nadie sabe dónde está, oculto tras las altas cimas de Sobrepuerto; o quizás esté más inaccesible, flotando allá arriba, entre las nubes.

 


V

"CUANDO LLEGUEN A AINIELLE estará empezando a anochecer... Tras el sueño, y tras la lectura del libro, Ainielle se convirtió para mí en una obsesión. No acaba de entender del todo la tristeza del relato, y cómo un lugar en ruinas había podido sugerirme un sueño tan hermoso, tan vivo; un sueño en el que Ainielle se me aparecía como una Tierra Prometida, como ese sitio al que todos queremos llegar pero al que probablemente nunca llegaremos. A lo largo de varios años siguientes, el mito se fue realimentando; solía visitar a menudo a mi amigo, en sus montañas, y allí, de una forma u otra, conocí a varias personas que estaban al tanto de la existencia del pueblecito en ruinas. Algunos, los menos, habían estado allí; curiosamente, se les iluminaba la cara al hablar de ello, y quizás era debido a que Ainielle es el pueblo abandonado "más abandonado", por así decirlo, de los muchos que hay en el Pirineo Aragonés, y llegar allí no deja de tener su mérito. Conseguí informaciones varias de aquellas personas: había que ir a Oliván, un pequeño pueblo (salvado por el turismo zaragozano) al que se accedía fácilmente en coche por una pista que salía de la carretera de Biescas. En Oliván se dejaba el coche, y, a menos que se tuviera un todo terreno o un vehículo robusto, se caminaba montaña arriba por el barranco de Oliván; las últimas millas eran de obligado recorrido a pie o en caballería. Hablando con la gente del lugar resultaba poco menos que increíble que se hubiera establecido un pueblo en un sitio tan escondido, a unos 1400 metros de altura, rodeado de montañas casi inaccesibles y de acceso imposible para los vehículos rodados. No era, desde luego, un lugar sensato para vivir, el lugar en el que nunca vivirían las personas normales, las que no son como tu o como yo.

La mayoría de personas a quienes interrogué sobre el mito de Ainielle, incluso en lugares cercanos como Senegüé, Biescas o Yebra de Basa conocían el lugar de oídas pero ignoraban como llegar aunque todos sabían de alguien que había estado; los menos habían leído La Lluvia Amarilla, y entre éstos la impresión generalizada era la de una prolongada tristeza tras la lectura. A lo largo de estos años, como he dicho, el mito se alimentó más y más en mis pensamientos. Releí el libro varias veces, pero en lugar de sentir tristeza, recordaba mi sueño y sentía como una especie de añoranza o melancolía feliz, como si Ainielle de alguna manera me pertenecía o yo formaba parte de él; la certeza de que, en aquellas ruinas, algo me esperaba, de que el pueblo no se estaba hundiendo, atraído por el rumor y la humedad del río, sino que estaba flotando sobre las nubes, allí donde terminaba la Vía Láctea. La amiga de bucles y extraños poderes cada vez más y más oscuros que, sin pretenderlo, había desencadenado en mi inconsciente aquel sueño, volvió a darme de alguna forma otra clave para interpretar el misterio; y las cosas menos triviales (las más maravillosas) se desarrollan casi siempre a partir de las más triviales. Ella estaba intentando dejar de fumar, y bromeábamos a menudo con la idea de que semejante acción heroica requería una recompensa mayúscula (eran los días lejanos, alegres y tristes, en los que ambos nos considerábamos amigos, pero amigos en una relación sumamente extraña, mútuamente destructiva, donde los pequeños males de cada día siempre se solucionaban en el último momento de manera casi milagrosa pero saliendo finalmente a la luz mis muchos defectos, y a estas alturas todavía no sé quién hizo más daño a quién, y a veces aún la hecho de menos, y sueño con entregarle lo que... a continuación explico); así que mi amiga de entonces me preguntó:

-¿Qué me darás si dejo de fumar?

Me quedé callado buscando una respuesta, sabiendo que la respuesta estaba allí, a pesar de la torpeza de mis recuerdos o de mi imaginación, de la misma manera que sucedió cuando ella me interrogó sobre un libro adecuado para un regalo de cumpleaños. Y respondí con expresión misteriosa, como si alguien hablara a través de mis labios:

-Te traeré una flor muy hermosa, una flor que crezca entre las ruinas de Ainielle.

Y tras mi respuesta los dos sonreímos durante largo rato (del modo en el que sonreíamos, ay, en aquellos días), porque acabábamos de comprender algo. Ella entendió que era un regalo maravilloso, poderoso; hasta el punto de que al día siguiente dejó de fumar. Y yo comprendí el significado de mi mito, de mi lugar de peregrinación, de la contradicción entre la tristeza otoñal de La Lluvia Amarilla y mi convencimiento de que allí se escondía algo maravilloso, mágico: Ainielle se hundía, se pudría entre el olvido y la nieve desde aquel lejano 1970, pero entre las piedras de sus tejados caídas por el peso de la nieve, entre las zarzas, las ortigas y, tal vez, las guaridas de animales salvajes en que se habrían convertido sus casas, entre toda esa desolación, repito, crecía una flor maravillosa, una flor de mágicos pétalos que se erguía entre las ruinas, que demostraba con su presencia que hasta los lugares más tristes podían renacer; al igual que nuestras almas, ahogadas por el peso de la soledad si bien (quizás por eso) conscientes de su inmortalidad, apabulladas por el peso de entender poco de lo que nos rodeaba, pero con la seguridad real de que en algún sitio, por inaccesible que fuera, existía un lugar que nos pertenecía, un lugar que sería nuestro hogar.

Y algún día llegaría yo a Ainielle a rescatar para mi amiga esa flor mágica que crecía entre las ruinas, entre las hojas ocres de la lluvia amarilla, aquella lluvia amarilla que Andrés, el de casa Sosas, el último de Ainielle, describió con estas palabras:

A lo lejos, sobre la línea de los montes, los tejados de Ainielle flotaban en la noche como la sombra de los chopos sobre el agua. Pero, de pronto, hacia las dos o las tres de la mañana, un viento suave se abrió paso por el río y la ventana y el tejado del molino se llenaron de repente de una lluvia compacta y amarilla. Eran las hojas muertas de los chopos que caían, la lenta y mansa lluvia del otoño que de nuevo regresaba a las montañas para cubrir los campos de oro viejo y los caminos de los pueblos de una dulce y brutal melancolía. Aquella lluvia duró sólo unos minutos. Los suficientes, sin embargo, para teñir la noche entera de amarillo y para que, al amanecer, cuando la luz del sol volvió a incendiar las hojas muertas y mis ojos, yo hubiese ya entendido que aquella era la lluvia que oxidaba y destruía lentamente, otoño tras otoño y día tras día, la cal de las paredes y los viejos calendarios, los bordes de las cartas y de las fotografías, la maquinaria abandonada del molino y de mi corazón.

 


VI

(Y ahora, mientras camino monte arriba, no es que pase nada en particular, y simplemente recuerdo una vieja historia, que tal vez viví, soñé o inventé, y la anoto tal cual en mi cuaderno de viaje):

-¿TE GUSTARÍA QUE LLOVIESE?"

-"¡Claro!", RESPONDIÓ EL CHICO mentalmente, y sus labios comenzaban a esbozar la respuesta, pero no le dio tiempo a que ella le oyera; la jovencita de ojos grandes se levantó y comenzó a correr junto a la orilla, alejándose hacia donde pocas horas antes se había puesto el sol. Casi simultaneamente una gota de lluvia cayó sobre la mejilla del chico. Sorprendido y feliz, gritó con todas sus fuerzas "¡ESTÁ LLOVIENDO!" a aquella figura oscura que se alejaba corriendo sobre la arena salpicada por las olas. No le escuchaba, y apenas podía él distinguirla; ya sólo veía las sombras de la noche, acompañadas por el rumor del mar. Instantaneamente pasó de esa intensa alegría a una extraña tristeza, y se sintió solo, y pensó que la gota de lluvia que había sentido sobre su mejilla no existía, que había sido bien una jugada de su imaginación, o bien una gota del agua del mar arrastrada hacia su cara por el viento.

Pero no eran fantasías, estaba lloviendo; una segunda gota cayó sobre su párpado derecho, una tercera sobre su frente y una cuarta sobre el dorso de su mano. Y muchas mas le siguieron, y con ellas volvió a sentir esa extraña alegría, esa sensación de que algo mágico estaba sucediendo, y que quizá fuera uno de esos sueños que, ocasionalmente, vivimos despiertos.

(Ella no le escuchaba; seguía feliz su carrera sobre las olas y sobre el crepúsculo).

El la quería demasiado como para perdonarle todo, y eso que a veces ella le trataba como a un pequeño bichito; pero ocasionalmente, cuando se juntaban sus caminos de tarde en tarde, sobrevenía el milagro o la magia y entonces caía la lluvia. Pero los días pasaban con tristeza.

La jovencita de ojos grandes terminó su carrera y volvió junto a él y contemplaron la lluvia que caía sobre el mar. Las olas salpicaban sus pies pero no les importaba. Avanzaba la noche, era mediados de octubre y no hacía frío.


VI

A LO LARGO DE LOS SIGUIENTES AÑOS, no hubo manera de satisfacer el regalo para mi amiga, por lo demás cada vez menos amiga ya que nuestra relación se fue deteriorando paulatinamente. Volví a menudo al Pirineo, no tanto en busca de Ainielle como de ver a mi amigo y de alejarme y desintoxicarme de mi ambiente habitual. Era sano pillar una buena borrachera, allá arriba en las montañas, de mes en mes, preferiblemente en invierno. Pero en cada viaje y en cada conversación hacía sacar yo a relucir el tema de Ainielle y su misteriosa ubicación. Yo preguntaba a todo el que podía, e incluso intentaba organizar algún viaje con gente de allí; estos posibles viajes, del mismo modo que lo que pasó en el sueño, siempre se veían frustrados. Aún así, iba recabando información de quien podía y como podía. Me enteré de que, efectivamente, la ruta ideal para llegar a Ainielle era partiendo de Oliván, pueblo cercano a la carretera de Biescas y milagrosamente salvado del abandono gracias al turismo; abandono que, por otra parte, se había cernido como una epidemia en casi todos los pueblos que antaño crecieron en las colinas mágicas del Sobrepuerto: Espierre, Susín, Barbenuta, Otal, Berbusa, Ainielle... caminando desde Oliván se llegaba a Berbusa en dos horas (pueblo mencionado en La Lluvia Amarilla), y tras una o dos horas más de caminata monte arriba, sobre una senda que casi no era senda, se llegaba a Ainielle. Todos estos pueblos abandonados se asentaban en los valles mordidos por los arroyos y barrancos del Sobrepuerto, de manera que estaban como protegidos por inmensas murallas, por moles rocosas de hasta dos mil metros de altura. Para mí era una zona mágica, tan aislada de todo rastro de civilización, como una especie de país oculto entre las montañas del Tíbet a donde nadie había llegado, como un Castillo de las Maravillas siciliano, como la morada del Rey Pescador en Agartha.

Fueron, por lo tanto, varios intentos frustrados de llegar mientras transcurrían pesadamente esos años. El intento más aproximado de llegar sucedió como sigue: acudí al pueblo de mi amigo en las fiestas de verano, como hacía todos los años; sólo que en esta ocasión acudí acompañado de una chica, amiga de mente casi tan complicada como la mía y a quien la lectura de La Lluvia Amarilla había impresionado poderosamente. Así que no fue difícil convencerla de que me acompañara a Ainielle. Llegamos a Oliván, provistos de un mapa cartográfico del Ejército (mapa que me sabía de memoria). Desde allí iniciamos la caminata, a lo largo de la pista que comenzaba junto a la preciosa iglesia románica del pueblo. El camino se adentraba por un valle inmenso, esculpido por un río que bajaba desde lo lejos, quizás después de bañar las ruinas de Ainielle y Berbusa. A lo lejos, en el valle, imaginaba las casitas de Ainielle agazapadas detrás de aquellas montañas inmensas, solitarias; tras dura caminata llegamos hasta las ruinas de Berbusa. Al llegar allí (más o menos a mitad de camino de Ainielle) me invadieron grandes sentimientos de miedo y soledad, junto con el asombro de comprobar como el paisaje se me antojaba extrañamente familiar; en efecto, yo ya había pisado antes, en mi sueño, los cantos rodados de aquel barranco por el que bajaban las escasas aguas (era verano). Y para colmo de males, nos encontramos a un grupito de domingueros que habían llegado hasta allí en uno de esos todo-terrenos que se estaban poniendo de moda; el grupo estaba completo: padre, madre, suegra, niños, perrito y cámara de vídeo. El pequeño perro, que no estoy seguro de si pertenecía a la feliz familia o, simplemente, vivía a su suerte en aquellas montañas, se nos acercó con cara de pocos amigos. Pero acabó ladrando con fiereza sólo a mi amiga (no a mí); finalmente le mordió en la pantorrilla derecha, destrozándole la pernera del pantalón y haciéndola sangrar levemente. El miedo y el cansancio se apoderaron de nosotros y dimos media vuelta... lo sorprendente es que la actitud violenta del perro fue dirigida sólo hacia mi amiga (quien por otra parte me retiró el saludo desde aquel viaje), y no hacia mí... ese pensamiento junto a la idea de que, de llegar algún día a Ainielle debería llegar sólo, me deprimió bastante, y no pude evitar pensar en las palabras de Andrés:

¿Qué soy yo, sino más que un perro? ¿Qué he sido yo estos años, aquí solo, sino el perro más fiel de esta casa y de Ainielle?
Durante todos estos años, aquí solo, olvidado de todos, condenado a roer mi memoria y mis huesos, he guardado día y noche los caminos de Ainielle, sin permitir que nadie se acercase al pueblo. Durante todos estos años, aquí solo, igual que un perro, he visto transcurrir los días y los meses esperando que un día se acordase de mí el único que puede hacer conmigo lo que yo he hecho esta mañana con la perra.

Tal vez fuera el espíritu de Andrés, el loco, el último de Ainielle, el perro de Ainielle, como él mismo se denominaba... tal vez salió a nuestro paso para decirnos: "¿...? ..."

Los perros de Berbusa salieron a mi encuentro hasta el camino y ya no me dejaron, mientras permanecí en el pueblo, ni un segundo. Asustados y hoscos, me mostraban sus fieras dentaduras, como si yo fuera un vagabundo. Pero la algarabía de los perros no pareció alertar a los vecinos. Al menos, no se abrió ninguna puerta ni nadie se asomó para ver qué ocurría. Parecía como si el pueblo estuviera ya totalmente vacío. Como sí, al igual que en tantos otros pueblos del contorno, sus vecinos también se hubieran ido y los perros fueran ya los únicos que allí permanecían defendiendo las casas y los bienes de unos dueños que ni siquiera se habían preocupado de pegarles un tiro antes de irse. Pero yo sabía muy bien que aquello era mentira. Sabía que, en Berbusa, quedaban todavía seis familias y que, ahora, muchos ojos me estaban espiando, escondidos detrás de las ventanas de las casas.

 


VII

LLEVO CAMINANDO DOS HORAS SIN PARAR durante las cuales he rememorado ciertos hechos y pensamientos acaecidos a lo largo de éstos seis últimos años. Dos horas sin parar cuesta arriba, sin sacar mi pequeña cantimplora de mi mochilita para aplacar mi sed. Son como las diez de esta mañana del 3 de agosto de 1994 y el sol empieza a calentar estos montes.

Me había prometido a mi mismo -al igual que haría el viajero que devora cientos de kilómetros en una autopista y se fija ciertas metas como el parar en una determinada área de servicio- no parar hasta llegar a las alturas de Berbusa, el hito del Viaje en donde finalizó mi intento anterior con el encuentro del Perro de Berbusa. Pero no deseo entrar en el pueblo, bastante deprimente por cierto -y tengo entendido que en bastante peor estado que Anielle, quizás por estar más expuesto al saqueo dada su proximidad a la "civilización"-, así que me siento junto al letrero que indica con letra torpe "BERBUSA, 30 MIN." y aprovecho para beber un poco de agua y poner al día estas NOTAS DE VIAJE.

El camino en cuyo borde me encuentro es ancho y bien practicado, flanqueado por hermosos y elevados árboles. Hace media hora pasé junto a un árbol alcanzado por el rayo, carbonizado y partido en dos. Recuerdo con cariño a la chica mordida por el perro, ya que fue ella quien me hizo apercibir la presencia del árbol chamuscado, pero el cariño se nubla de pronto por sentimientos de miedo y de tristeza. Quizás sea una mala señal, no lo sé. Se escucha el murmullo sordo y apagado del río, que discurre por abajo del valle, mojando las siniestras ruinas de Berbusa que se divisan al otro lado del barranco, apelmazadas en el pié de la colina opuesta.

Pienso en el calor, pienso en la lluvia que me gustaría ver caer sobre mí y recuerdo otra historia, ésta más reciente que la anterior; y la anoto como sigue en mi cuaderno de viaje:

SEIS AÑOS MÁS TARDE, el chico volvió a soñar con ella. Estaba en un lugar parecido a un teatro, a un teatro mágico para lobos esteparios; estaba junto a las puertas de entrada, al final del local y todo se encontraba a oscuras y era ese momento impreciso en el que la función acababa de terminar y casi todo el mundo abandonaba el lugar. Pero él pertenecía a ese pequeño porcentaje, a ese 0,1 por ciento de los que, cuando termina la película, se quedan a leer los títulos de crédito hasta el final, aunque estén en eslovenio o en caracteres cirílicos. Sólo por respeto. Ella también lo hacía, y él sabía que luego "aunque pudiera verla, podría no verla, pero no sería capaz". Su cara pálida brillaba en la oscuridad, y le llamó la atención su atuendo, sus eternos pantalones oscuros o violetas y, sorprendentemente, su chaqueta de leñador de lana a cuadros rojizos y verdosos. Parecía el sheriff Harry S. Truman, de Twin Peaks. Pero estaba más guapa y sonriente que nunca.

Les separaba una distancia como de dos metros, y la gente pasaba entre ellos quienes, indefectiblemente, se miraban. Y se sonreían, pero con todo lo que les había pasado y las cosas tan duras -incluyendo objetos contundentes como papeleras llenas de pequeños duendecitos con gafas- que se habían echado a la cara la situación que estaban viviendo sólo podía suceder en sueños. Así que afuera caía la lluvia, tal vez conjurada por la chica-brujita-leñadora, y la gente huía del local para resguardecerse dentro de sus casas o de sus coches. Pero ellos dos, la chica leñadora y el chico risueño de la leve cojera, quedaron dentro solos, sin hablarse, separados por ese par de metros que parecían millas; como un puente que hubiera ardido y que fuera imposible cruzar -y afuera arreciaba el temporal. Please, don't cast me, ain't up weird! Y eso es lo que precisamente esperaban, que lloviera más y más y más y más, para salir entonces corriendo y enfrentarse de bruces a esa lluvia que tanto amaban y que, años atrás, cuando eran más jóvenes y les mojaba la cara y los cabellos, tanto les gustaba, y era el momento en el que miraban hacia lo alto para contar las estrellas que caían y entonces todo era posible y nada más les importaba.

¡Ja, ja, ja, ja!

Poet is Priest I'm beggining to BOOM!
(Julian "Laughing boy" Cope)

 


y VIII.

CONTINÚO MI CAMINO TRAS un breve descanso. Ahora el camino parece bajar, y media hora más tarde gira suavemente hacia la izquierda para atravesar el río que discurre por el Barranco de Oliván. Las aguas son turbulentas y cristalinas, y me daría un baño si no fuera porque TENGO PRISA, cada vez estoy más cerca y, al mismo tiempo, cada vez más inquieto. Tengo miedo de encontrar no se qué en Ainielle, y esto si llego... como se indica en mi pequeña guía senderista, el camino comienza entonces una fuerte ascensión. Sudo y resoplo todo cuanto puedo y cuanto me permiten los poros de mi piel; la subida se hace interminable y temo haberme perdido o haberme pasado la intersección con la vieja senda que unía a Berbusa con Ainielle. Finalmente, tras un giro brusco en el camino, una estrecha senda se desvía hacia arriba, en una subida sobre un espolón con una inclinación de más de cuarenta y cinco grados. Sobre el suelo, boca abajo, se encuentra un trozo de madera carcomido, como arrancado de un cartel. Le doy la vuelta y leo:

INIELL

Puesto que el cartel está podrido por sus extremos y faltan algunas letras. Lanzo un grito de alegría y subo corriendo monte arriba, con tal ímpetu que, a los cien o doscientos metros, tengo que pararme a tomar aliento, a beber un poco más de agua y a trabajar en mis notas de viaje.

Sigo para arriba, atravesando un frondoso bosque de alta montaña seguramente poblado de hadas, duendes y elfos; la umbría me cobija del sol. Al cabo de una hora, exhausto y agotado, corono la cima del Sobrepuerto. La vista que se extiende ante mis pies (pobáblemente habré subido como unos setecientos metros) es magnífica y grandiosa: todo el valle de Oliván, el camino por el que he venido subiendo, y a lo lejos, las ruinas de Berbusa, minúsculas como casitas de juguete. Y ningún rastro de civilización, de vida humana, de casas habitadas, de algún coche... la vista es magnífica y se extiende a lo largo de kilómetros, pero ahí estoy yo, coronando la cima más alta del Sobrepuerto, las montañas y los valles a mis pies y estoy SOLO.

Y esto no tiene precio, no señor -but the waking hours are the loneliest ones, for the sinesters laughing boys like me.

Y en la ladera opuesta de la montaña divisaré pronto, como si la visión de un cuento de hadas fuere, mi pueblecito de sueños: Ainielle.

EL CAMINO DESCIENDE A CONTINUACIÓN por la ladera opuesta de la montaña que tan trabajosamente he subido. Me maravillo de que aquellos valerosos hombres hubieran tenido que hacer el mismo recorrido a pie, si acaso acompañados de caballerías; la única explicación es que Ainielle hubiera sido erigido en un antiguo Lugar Sagrado. Me maravillo y emociono a la vez, y el paisaje se torna más y más familiar; sí, es el paisaje que vi en sueños. ¿os lo creéis o no?

Y sucede en un momento en el que no estoy pensando en nada ni en nadie en particular; en un momento en el que nada debería pasar, en ese momento algo pasa. Me encuentro caminando en la ladera de un pequeño valle, más pequeño que el de Oliván, pero más acogedor, como salido directamente de un sueño. Y es que de un sueño debió salir. En la ladera opuesta se yergue una imponente colina (el monte Montecher) y, apiladas como en un cuento de hadas, unas cuantas casitas. Me emociono porque ahora comprendo: YO YA HE ESTADO ALLÍ. Os lo creáis o no, yo ya he estado allí, y no me importa lo más mínimo si fue en sueños o en una vida anterior o futura (y soy mal budista y no creo en la reencarnación y me da igual), pero me siento tan emocionado como si fuera un antiguo habitante que llegara al lugar donde vivió al cabo de muchos años y se lo encontrara en ruinas.

Apenas doscientos metros ante mí, las casitas en ruinas: la iglesia, la escuela, el viejo molino... exactamente como en mi sueño de hace seis años, salvo que ahora es de día y no diviso ninguna Vía Láctea que me sirva de guía, pero la intuyo; ESTÁ AHÍ, ENCIMA DE MI CABEZA, TAPADA POR LAS NUBES Y POR LA LUZ DEL SOL.

Y allí estoy en Ainielle (no necesito encontrar ningún cartel para saber que he llegado), completamente sólo, salvo el mugido de un rebaño de vacas que son, ciertamente, los últimos habitantes del lugar. Así que cruzo el río temeroso de recibir alguna cornada (me dejé el capote y la coleta de torero en casa), atravieso la chopera que en Otoño volverá a regar el lugar con su tenebrosa Lluvia Amarilla, contemplo las ruinas del viejo molino, junto al río, el lugar donde se ahorcó Sabina, la esposa de Andrés. Sigo hacia arriba y ya no quedan calles, sólo quedan campos de hierbas y aliagas. Los montañeros han dejado un cartel de madera con la inscripción:

RESPETAD EL PUEBLO DE AINIELLE
UN PUEBLO ABANDONADO ES TESTIMONIO
DE UNA FORMA DE VIDA MÁS POBRE
PERO MÁS DIGNA.

La mayor parte de las casas no conservan ni las paredes; esquivo a las vacas como puedo y me dirijo hacia la iglesia. Junto a ella, la escuela, único edificio restaurado y habilitado como albergue hace dos años para los Viajeros de Ainielle (seguro que hay más por ahí...). Junto a la escuela y la iglesia se encuentra la vieja fuente, todavía mana agua y su sabor es delicioso, es como volver a beber el pasado, como si fuera el elixir de la eterna juventud. Quizás lo sea.

Entro en la escuela y en su interior me saltan las lágrimas al contemplar el suelo de madera, la vieja tarima, ya sin mesas, el vacío dejado por la vieja pizarra. Casi puede oírse el murmullo de los niños cantando la tabla de multiplicar.

El piso superior de la escuela está en muy buen estado y habilitado como albergue. Los Viajeros de Ainielle han dejado constancia de su paso en la forma de muchas firmas, comentarios, poesías... de todo tipo, desde las cursis como "camino de Ainielle nos cayó una lluvia amarilla" hasta las emotivas como las dejadas por antiguos habitantes del lugar que han vuelto a encontrarse con las ruinas:

SOY OLMEDO OLIVÁN,
HIJO DE OLMEDO,
DE CASA JUAN ANTONIO,
-UN ABRAZO-
Familia Oliván García

Ello escrito con la letra caligráfica y levemente torpe de una persona mayor, posiblemente de alguien que aprendió a leer y a escribir en los bancos del piso de abajo, en la vieja escuela de Ainielle. El resto de pintadas está constituido por una serie de poesías más o menos cursis y una decena de firmas. Destaca, en el centro de la pared de la escalera que conduce al segundo piso, la pintada más grande, donde se lee en caracteres cursivos:

Natalia

Salgo de la vieja escuela y, justo enfrente de ella, se yergue una de las casas en mejor estado; sus paredes están en pie pero la techumbre está hundida sobre los dos pisos que la conforman y es imposible entrar en ella. La casa se apoya sobre una encina que goza de buena salud; por las descripciones que da la novela adivino que es la casa de Andrés, el loco, el último de Ainielle, aniquilado por la lluvia amarilla.

Entonces lleno mi cantimplora con agua de la fuente que mana junto a la escuela, a pocos metros de la casa de Andrés. Me siento apoyándome en sus paredes medio derruidas y, abandonado por el cansancio, se me cierran los ojos y medio me duermo, y en ese estado de duermevela tan propenso a las visiones imagino una pequeña fantasía:

Acababa de llegar a Ainielle, pero era de noche y dentro de la escuela se veía algo de luz. Entré temeroso y me encontré a la chica que ha escrito su nombre en la pintada más grande de la pared: "#...", rodeada de pequeñas figuritas, como hombrecillos o malditos duendes de barro que ha hecho con sus propias manos; ella vive allí, y compartimos la cena y nos hacemos amigos. Hablamos mucho.

-¿No te da miedo vivir aquí sola?

-Oh, no, y no estoy tan sola; mis muñecos me hacen mucha compañía, y cuando estoy aquí, no me voy a dormir sin darles un beso a cada uno de ellos. Ahora son los habitantes de este lugar, y son los que lo cuidan y lo protegen.

De repente, ella se puso de pie y señaló hacia lo alto:

-Mira -me dijo-. La luna, en cuarto creciente, ascendía por encima de las casas en ruinas. Ella me dio un diente de ajo para protegerme y salió hacia fuera de la casa tirando de mi mano. Ascendimos monte arriba, hacia el este. Y allí comenzó una auténtica locura de viaje, un recorrido a través de la noche con todos sus misterios, sus peligros y su magia; porque nuestros pies volaban, nuestros ojos veían en la oscuridad, sentíamos la montaña como un ser vivo que palpitaba debajo de nosotros, que hervía, que quería ponernos a prueba en aquella noche en la que todo podía pasar.

Ella iba delante; los dos corríamos, casi no hablábamos. Reíamos. Avanzábamos a través de un pasillo de maleza sin importarnos lo peligroso del terreno y de la oscuridad, monte arriba. En un momento dado, ella se volvió, señaló con su dedo índice a las alturas y dijo, sonriendo:

-¡Y esto no ha hecho más que empezar!

¡Y tenía razón! Y sentí como si ella fuera la guía de ese extraño viaje, como si me estuviera abriendo todas las puertas que comunicaban con el infinito. Nuestras mentes estaban conectadas de manera asombrosa; a veces atravesábamos zonas tenebrosas, como pobladas por entidades malignas, y los dos nos cogíamos fuerte de la mano y acelerábamos el paso. Otras, sentíamos que el lugar vibraba con las frecuencias de la hermosura, y sin mediar palabra caminábamos más despacio, como impregnándonos de toda la energía positiva que desprendía la tierra aquella noche. Incluso veíamos de vez en cuando agitarse los ramajes, como si pequeños seres de otro mundo aplaudieran a nuestro paso.

Finalmente, tras mucho correr montaña arriba, llegamos a una explanada de piedra situada a gran altura. Me pareció que el viento se detuvo ahí, a casi dos mil metros de altitud; la soledad era inmensa y sobrecogedora, pero hermosa. Y nuestros ojos seguían viendo en la oscuridad; todavía divisábamos las ruinas de Ainielle en el fondo del valle. Nos tumbamos en la roca de espaldas, uno junto al otro. No decíamos nada; solamente sentíamos que amábamos a la tierra, y que la tierra nos amaba, que nos abrazaba con su Danza de la Serpiente, la diosa Ofis, Sofía, the Mother Goddess. Éramos como dos niños acostados en el regazo de su madre. Señalé hacia las ruinas del pequeño pueblo, y le pregunté:

-¿Tú crees que realmente he llegado a Ainielle?

Y ella respondió:

-¿Acaso los viajes son más hermosos cuando llegamos a nuestro destino? El sueño pierde su valor cuando despertamos; y cuando el tren se detiene en la estación, la tristeza invade el corazón del viajero. Pienso que, realmente, no has llegado a Ainielle, porque Ainielle está vivo en tu sueño, y lo que ves allá abajo no son más que un montón de ruinas muertas y solitarias.

Al escuchar sus palabras, la tristeza que me estaba invadiendo estalló. Mis lágrimas rodaron sobre mis mejillas, y resbalaron cayendo sobre la fría roca. Había comprendido demasiadas cosas, en demasiado poco tiempo. Pero de algo estaba seguro: ella, la extraña chica que había conocido en Ainielle, no era un viajero fantasma; al contrario, en mi ensueño la identifiqué con alguien que, una noche, tiempo atrás, pronunció solamente unas palabras que bastaron para hacerme feliz: "HEY, ALGUNA VEZ LLEGARÁS A AINIELLE, YA LO VERÁS". Y ahora estaba junto a mí en el final de mi Viaje y me decía, por contra, que mi viaje no había concluido. Entonces apretó mi mano con fuerza y sentí una oleada de cariño que me salvaba de mi derrumbamiento, de aquel frío tobogán por el que comenzaba a caer, que sacaba mi cuerpo de un frío mar en el que me estaba hundiendo. Y fue cuando la Chica Duende sonrió y señaló hacia lo alto:

-Mira.

Y miré hacia arriba, e inmediatamente me pareció que mi cuerpo flotaba, o quizás la roca, que era nuestra amiga, se tornó más cálida. Allí estaban, millones de estrellas iluminándolo todo, como lágrimas chiquititas. Y yo no sabía que hacer, si reír o llorar. Algunas de esas estrellas caían en suave descenso, comunicando el cielo con la tierra; y cada una de esas estrellas fugaces representaba un deseo para alguien que, como nosotros, deseaba llegar a algún sitio, encontrar algún paraíso o como mínimo un hogar en la tierra. Pero la mayoría de las estrellas se agolpaban en una nebulosa de doble recorrido: la Chica Duende siguió el camino trazado por las estrellas con mi mano, agarrándola con fuerza. Era la Vía Láctea, el camino sagrado que guiaba a los humanos hacia el mundo de los sueños, hacia la tumba del apóstol donde conluye el Laberinto Sagrado del Tour de France, hacia la piedra filosofal, hacia el paraíso... y desearía saber que tu eras lo que estaba buscando bajo la Vía Láctea esta noche.

El camino estrellado terminaba junto a una masa de nubes que brillaban de un modo extraño en la noche. Parecía una colina iluminada en las puertas del amanecer; un gaitero irlandés dejaba escapar los lamentos de Diosa Sirena por aquellos montes. La chica duende apretó firmemente mi mano, y señaló hacia esas nubes, diciendo:

-Ahí está el final de tu viaje.

Y ahí estaban, flotando sobre las nubes, donde terminaba la Vía Láctea, las ruinas melancólicas de Ainielle. Ahí estaba Ainielle, sólo que ahora no era un sueño, allí estaba, flotando sobre nuestras cabezas; incluso nos pareció ver gente tras las ventanas, eran felices, y cantaban, y las mujeres tendían la ropa. Y sobre la iglesia tañía la vieja campana de bronce, y hasta nos pareció oírla retumbando sobre las montañas. Y encima de la puerta de la escuela ondeaba la bandera nacional, y los niños corrían y entraban presurosos en el edificio para no llegar tarde -debían llevar alas porque caminaban sobre las nubes. Aquel que entraba en la casita situada detrás de la iglesia debía ser Andrés, el de casa Sosas. Abrazaba a Sabina, su mujer, y les acompañaba la perra meneando el rabo. Por supuesto, la perra también debía llevar alitas para mantenerse flotando allá arriba.

Y la Chica Duende sonrió como sólo ella sabía hacerlo y me dijo:

-¿Por qué eres tan incrédulo? Ya te dije una vez que algún día llegarías a Ainielle. Y cuanto más largo sea tu viaje, cuanto más tardes en llegar, tanto más hermoso será el camino, lleno de sueños y aventuras. Porque eso es lo que realmente importa. Rompe el pasado y vuelve a la vida otra vez.

 


DESPIERTO DE mi ensueño cuando la Chica Duende termina de pronunciar estas palabras. Sonrío feliz en la mañana de agosto, apoyado en las paredes ruinosas de la casa de Andrés, el loco, el último de Ainielle; arranco una pequeña flor violeta que crece entre las aliagas y las ruinas y la deposito con cuidado en mi pequeña mochila. A estas alturas ya ni me acordaba, pero una promesa es una promesa, estemos en el cielo o estemos en el infierno. Y yo ya he cumplido mi promesa, quizás más como demonio que como ángel. Con un poco de suerte, la Flor de Ainielle resistirá el camino de vuelta.

 

Agosto de 1.994- Diciembre de 1.994

 

"Pues todo cuanto vive es Sagrado", dijo el viejo Pintor y Poeta inglés; so please visit our lovely home,

 


 

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