LA VIDA EN UN CRIADERO

Por Susana Portela Izquierdo

Veterinaria

Qué sentimiento de ternura nos embarga cuando vemos a esos lindos cachorrillos expuestos en las tiendas de animales; a esos chiquitines mordisqueándose unos a otros o revolviendo las hojas de periódico que les ponen como cama. Nos paramos frente a los cristales, los observamos y nuestra primera impresión sobre ellos es que parecen que están contentos. Los vemos jugar y nos encantaría llevárnoslos a todos pero, si seguimos observándolos detenidamente, podemos ver que más que contentos están nerviosos y asustados. Algo les ha pasado y es que les han separado de su madre y hermanos. Me pregunto: ¿Qué sabemos de su vida anterior cuando todavía dormían en el regazo de su madre y jugaban con sus hermanos de la camada?

Si preguntamos al dependiente de la tienda lo más que nos dirá es su raza, su edad y si está o no vacunado o desparasitado. Pero no sabrá cuantos eran en la camada, que carácter tenía cada uno, si han estado en contacto con otros perros y, en definitiva, no sabremos nada de su socialización hasta ese momento.

Ahora me voy más atrás; cuando tuve el primer contacto con las perras reproductoras de un criadero en el que trabajaba como veterinaria. Las hembras de raza grande estaban en cheniles individuales y las pequeñas solían estar dos o tres juntas hasta el momento del parto. Estaban ansiosas de que alguien pasará por allí para que les dieran un atisbo de cariño, de compañía. Así pasaba gran parte de mi tiempo, acariciando a las perras, sobre todo a las preñadas. Les acariciaba suavemente el vientre en el que notaba el movimiento de sus cachorros al abrigo todavía de lo que les depararía la vida. Y así comienza todo, cuando Atlántida, una joven golden retriever, se pone de parto, a punto de ser madre por primera vez. No hubo dificultades en el parto, fluyó sin problemas dando como resultado cinco tragones que solo sabían gemir y comer. Como excelente perra que era, no dio problemas al retirarle brevemente a alguno de sus cachorros para inspeccionarlo o manipularlo. Antes siempre era igual, dentro de su recinto del que nunca salía, lo único que la exaltaba era ver pasar a alguien que pudiera estar con ella un rato o que le diera algo de comer. Ahora había cambiado, tenia su propia compañía a la que mimaba y cuidaba con recelo.

Cinco magníficos cachorros, tres hembras y dos machos. La actividad de su primera semana consistía solamente en comer y dormir con solo un breve cambio en su rutina; yo llegaba diariamente y los colocaba uno a uno en mi pecho para darles una caricia y dejar que olfatearan mi olor. Así llegamos a la segunda semana, cuando comienzan a abrir sus ojitos y empiezan a ver "bultos" que se mueven a su alrededor. Ya no pasan tanto tiempo durmiendo y Natal, uno de los machos, ya empieza a desmarcarse de sus hermanos. Es el que más come y por tanto el más grande. Con esto ya sabemos que Natal empieza a dar señales de su dominancia sobre el resto de sus hermanos. Tengo que cuidar que no se diferencie demasiado porque, cuando salen a la venta, me piden que la camada sea uniforme en tamaño. Es por ello que debo controlar que los más sumisos reciban cantidad suficiente de alimento. Mi pelea comienza cuando de vez en cuando retiro a Natal para poner a otro cachorrito a comer. Éste lucha incesantemente por volver a conseguir la leche calentita de su madre. Quizás se pregunte por qué lo quito si él, el más fuerte, se lo ha ganado. Si hubiera nacido "libre", es decir, sin la influencia humana, Natal marcaría una notable diferencia; se ha ganado el estatus dentro de la camada. Pero yo debo conseguir que sea homogénea y debo interferir en esa lucha de poder.

Ya empiezan a moverse por su caseta buscando la fuente de calor. Cuando me acerco voy dando palmas y silbando para que se acostumbres a las vibraciones y ruidos y así evitar miedos posteriores. Cuando me escuchan salen corriendo tratando de buscar la procedencia del sonido. Se van acostumbrando a esta rutina porque saben que, cuando me escuchan, hay juego de por medio. Para variar, Natal suele ser el primero que se dirige a mis pies, eso sí, ya sabe por donde tirar y morder mis zapatos. Atlántida, me da la bienvenida con ellos y se pone algo celosa porque también quiere que la acaricie y le preste atención.

Estas primeras semanas de vida son muy importantes y la manipulación les puede beneficiar no solo para la posterior socialización, si no para aumentar sus defensas y hacer que sean animales más sanos. Ya sabemos que un criadero no es lo mismo que un hogar donde no se notan los cambios bruscos de temperatura o donde la exposición a enfermedades es muy baja. Aquí es algo más complicado y cuanto más fuertes estén más posibilidades de éxito tendremos.

Hasta ahora parece todo muy bonito, los cachorros con sus madres, protegidos, alimentados, pero "encarcelados". Atlántida no puede salir, está en 6 metros cuadrados, un día tras otro y ellos ya empiezan a notar que me voy y que una reja de por medio les impide seguirme cuando salgo por la puerta.

Al mes y medio de edad ya son separados de su madre, se van quedando sin defensas, sin cariño maternal, quieren salir para jugar pero no pueden. Natal ve como sus hermanos se van de su lado, no sabe que está ocurriendo a su alrededor, empiezan a hacerle daño con unos pinchazos que no sabe para que es, comienza a encontrarse más débil, sus defensas fallan, se ve más susceptible a las temperaturas y todo esto se acompaña con que le trasladan a un sitio donde ve pasar mucha gente que lo asustan, y que no lo dejan reposar. Echa de menos a sus hermanos y a su madre. Piensa que tal vez no se haya portado bien y todo lo que le está ocurriendo sea un castigo.

Mientras Natal está en la tienda de animales, Atlántida se ha quedado sola; ha perdido su compañía, su familia. La tristeza inunda su corazón, mientras que sus dueños solo piensan cuando volverá a salir a celo para dar una nueva camada. Vuelve a sentirse como al principio Su ansiedad por tener compañía y por no recuperar la soledad de antaño aumenta. Esto es un círculo que varía por causas fortuitas; ya Natal no está con ella, ya no le muerde sus patas o empuja a sus hermanos para quitarles la comida. Y dentro de este circulo trato, con mi presencia, que la estancia de Atlántida, Natal y sus hermanos sea lo más confortable posible. Pero aparece un espacio vacío en mí cuando ya no puedo seguir jugando con ellos y estimulándolos. Se van y no se donde irán a parar. Mis servicios ya han acabado.

Y a partir de aquí el destino será el que abra el camino a cada cachorro que se expone en las tiendas de animales. Empiezan una nueva etapa de su vida, empiezan a sobrevivir.

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