Manifiesto
del Partido Comunista
Carlos Marx y
Federico Engels
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Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo. Todas las
fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada paraacosar
a ese fantasma: el Papa y el Zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes
alemanes.
De este hecho resulta una doble enseñanza: Que el comunismo está ya reconocido como una fuerza por
todas las potencias de Europa. Que ya es hora de que los comunistas expongan a la faz del
mundo entero sus conceptos, sus fines y sus tendencias; que opongan a la
leyenda del fantasma del comunismo un manifiesto del propio partido. Capítulo 1º.— Burgueses y
proletarios La historia de todas las sociedades hasta nuestros días es
la historia de las luchas de clases.
La moderna sociedad burguesa, que ha salido de entre las
ruinas de la sociedad feudal, no ha abolido las contradicciones de clase.
Únicamente ha sustituido las viejas clases, las viejas condiciones de
opresión, las viejas formas de lucha por otras nuevas. Nuestra época, la época de la burguesía, se distingue, sin
embargo, por haber simplificado las contradicciones de clase. Toda la
sociedad va dividiéndose, cada vez más, en dos grandes campos enemigos, en
dos grandes clases, que se enfrentan directamente: la burguesía y el
proletariado. De los siervos de la Edad Media surgieron los vecinos
libres de las primeras ciudades; de este estamento urbano salieron los
primeros elementos de la burguesía. El descubrimiento de América y la circunnavegación de
África ofrecieron a la burguesía en ascenso un nuevo campo de actividad. Los
mercados de la India y de China, la colonización de América, el intercambio
con las colonias, la multiplicación de los medios de cambio y de las
mercancías en general imprimieron al comercio, a la navegación y a la
industria un impulso hasta entonces desconocido, y aceleraron con ello el
desarrollo del elemento revolucionario de la sociedad feudal en
descomposición. La antigua organización feudal o gremial de la industria ya
no podía satisfacer la demanda, que crecía con la apertura de nuevos
mercados. Vino a ocupar su puesto la manufactura. El estamento medio
industrial suplantó a los maestros de los gremios; la división del trabajo
entre las diferentes corporaciones desapareció ante la división del trabajo
en el seno del mismo taller. Pero los mercados crecían sin cesar; la demanda iba siempre
en aumento. Ya no bastaba tampoco la manufactura. El vapor y la maquinaria
revolucionaron entonces la producción industrial. La gran industria moderna
sustituyó a la manufactura; el lugar del estamento medio industrial vinieron
a ocuparlo los industriales millonarios —jefes de verdaderos ejércitos industriales—, los burgueses modernos. La gran industria ha creado el mercado mundial, ya
preparado por el descubrimiento de América. El mercado mundial aceleró
prodigiosamente el desarrollo del comercio, de la navegación y de los medios
de transporte por tierra. Este desarrollo influyó, a su vez, en el auge de la
industria, y a medida que se iban extendiendo la industria, el comercio, la
navegación y los ferrocarriles, desarrollábase la
burguesía, multiplicando sus capitales y relegando a segundo término a todas
las clases legadas por la Edad Media. La burguesía moderna, como vemos, es ya de por sí fruto de
un largo proceso de desarrollo, de una serie de revoluciones en el modo de
producción y de cambio. Cada etapa de la evolución recorrida por la burguesía ha
ido acompañada del correspondiente progreso político. Estamento bajo la
dominación de los señores feudales; asociación armada y autónoma en la
comuna; en unos sitios, República urbana independiente; en otros, tercer
estado tributario de la monarquía; después, durante el período de la
manufactura, contrapeso de la nobleza en las monarquías estamentales,
absolutas y, en general, piedra angular de las grandes monarquías, la
burguesía, después del establecimiento de la gran industria y del mercado
universal, conquistó finalmente la hegemonía exclusiva del poder político en el
Estado representativo moderno. El gobierno del Estado moderno no es más que
una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa. La burguesía ha desempeñado en la historia un papel
altamente revolucionario. Dondequiera que ha conquistado el poder, la burguesía ha
destruido las relaciones feudales, patriarcales, idílicas. Las abigarradas
ligaduras feudales que ataban al hombre a sus "superiores
naturales" las ha desgarrado sin piedad para no dejar subsistir otro
vínculo entre los hombres que el frío interés, el cruel "pago al
contado". Ha ahogado el sagrado éxtasis del fervor religioso, el
entusiasmo caballeresco y el sentimentalismo del pequeño burgués en las aguas
heladas del cálculo egoísta. Ha hecho de la dignidad personal un simple valor
de cambio. Ha sustituido las numerosas libertades escrituradas y adquiridas
por la única y desalmada libertad de comercio. En una palabra, en lugar de la
explotación velada por ilusiones religiosas y políticas, ha establecido una
explotación abierta, descarada, directa y brutal. La burguesía ha despojado de su aureola a todas las
profesiones que hasta entonces se tenían por venerables y dignas de piadoso
respeto. Al médico, al jurisconsulto, al sacerdote, al poeta, al hombre de
ciencia, los ha convertido en sus servidores asalariados. La burguesía ha desgarrado el velo de emotivo
sentimentalismo que encubría las relaciones familiares, y las ha reducido a
simples relaciones de dinero. La burguesía ha revelado que la brutal manifestación de fuerza
en la Edad Media, tan admirada por la reacción, tenía su complemento natural
en la más relajada holgazanería. Ha sido ella la primera en demostrar qué
puede realizar la actividad humana; ha creado maravillas muy distintas de las
pirámides de Egipto, de los acueductos romanos y de las catedrales góticas, y
ha realizado campañas muy distintas de las migraciones de los pueblos y de
las Cruzadas. Espoleada por la necesidad de dar a sus productos una
salida cada vez mayor, la burguesía recorre el mundo entero. Necesita anidar
en todas partes, establecerse en todas partes, crear vínculos en todas
partes. Mediante la explotación del mercado mundial, la burguesía
ha dado un carácter cosmopolita a la producción y al consumo de todos los
países. Con gran sentimiento de los reaccionarios, ha quitado a la industria
su base nacional. Las antiguas industrias nacionales han sido destruidas y
están destruyéndose continuamente. Son suplantadas por nuevas industrias,
cuya introducción se convierte en cuestión vital para todas las naciones
civilizadas, por industrias que ya no emplean materias primas indígenas, sino
materias primas venidas de las más lejanas regiones del mundo, y cuyos
productos no sólo se consumen en el propio país, sino en todas las partes del
globo. En lugar de las antiguas necesidades, satisfechas con productos
nacionales, surgen necesidades nuevas, que reclaman para su satisfacción
productos de los países más apartados y de los climas más diversos. En lugar
del antiguo aislamiento y la autarquía de las regiones y naciones, se
establece un intercambio universal, una interdependencia universal de las
naciones. Y esto se refiere tanto a la producción material, como a la
intelectual. La producción intelectual de una nación se convierte en
patrimonio común de todas. La estrechez y el exclusivismo nacionales resultan
de día en día más imposibles; de las numerosas literaturas nacionales y
locales se forma una literatura universal. Merced al rápido perfeccionamiento de los instrumentos de
producción y al constante progreso de los medios de comunicación, la
burguesía arrastra a la corriente de la civilización a todas las naciones,
hasta las más bárbaras. Los bajos precios de sus mercancías constituyen la
artillería pesada que derrumba todas las murallas chinas y hace capitular a
los bárbaros más fanáticamente hostiles a los extranjeros. Obliga a todas las
naciones, si no quieren sucumbir, a adoptar el modo burgués de producción,
las constriñe a introducir la llamada civilización, es decir, a hacerse
burgueses. En una palabra: se forja un mundo a su imagen y semejanza. La burguesía ha sometido el campo al dominio de la ciudad.
Ha creado urbes inmensas; ha aumentado enormemente la población de las
ciudades en comparación con las del campo, sustrayendo una gran parte de la
población al idiotismo de la vida rural. Del mismo modo que ha subordinado el
campo a la ciudad, ha subordinado los países bárbaros o semibárbaros
a los países civilizados, los pueblos campesinos a los pueblos burgueses, el
Oriente al Occidente. La burguesía suprime cada vez más el fraccionamiento de los
medios de producción, de la propiedad y de la población. Ha aglomerado la
población, centralizado los medios de producción y concentrado la propiedad
en manos de unos pocos. La consecuencia obligada de ello ha sido la
centralización política. Las provincias independientes, ligadas entre sí casi
únicamente por lazos federales, con intereses, leyes, gobiernos y tarifas
aduaneras diferentes, han sido consolidadas en una sola nación, bajo un solo
gobierno, una sola ley, un solo interés nacional de clase y una sola línea
aduanera. La burguesía, a lo largo de su dominio de clase, que cuenta
apenas con un siglo de existencia, ha creado fuerzas productivas más
abundantes y más grandiosas que todas las generaciones pasadas juntas. El
sometimiento de las fuerzas de la naturaleza, el empleo de las máquinas, la
aplicación de la química a la industria y a la agricultura, la navegación de
vapor, el ferrocarril, el telégrafo eléctrico, la asimilación para el cultivo
de continentes enteros, la apertura de los ríos a la navegación, enteros
núcleos de población que parece como si surgieran de la tierra por ensalmo.
¿Cuál de los siglos pasados pudo sospechar siquiera que semejantes fuerzas
productivas dormitasen en el seno del trabajo social? Hemos visto, pues, que los medios de producción y de
cambio, sobre cuya base se ha formado la burguesía, fueron creados en la
sociedad feudal. Al alcanzar un cierto grado de desarrollo estos medios de
producción y de cambio, las condiciones en que la sociedad feudal producía y
cambiaba, la organización feudal de la agricultura y de la industria
manufacturera, en una palabra, las relaciones feudales de propiedad, cesaron
de corresponder a las fuerzas productivas ya desarrolladas. Frenaban la
producción en lugar de impulsarla. Transformáronse
en otras tantas trabas. Era preciso romper esas trabas, y se rompieron. En su lugar se estableció la libre concurrencia, con una
constitución social y política adecuada a ella y con la dominación económica
y política de la clase burguesa. Ante nuestros ojos se está produciendo un movimiento análogo. Las
relaciones burguesas de producción y de cambio, las relaciones burguesas de
propiedad, toda esa sociedad burguesa moderna, que ha hecho surgir como por encanto tan potentes medios de producción y de cambio, se
asemeja al mago que ya no es capaz de dominar las potencias infernales que ha
desencadenado con sus conjuros. Desde hace algunas décadas, las historia de la industria y del comercio no es más que
la historia de la rebelión de las fuerzas productivas modernas contra las
actuales relaciones de producción, contra las relaciones de propiedad que
condicionan la existencia de la burguesía y su dominación. Basta mencionar
las crisis comerciales que, con su retorno periódico, plantean, en forma cada
vez más amenazante, la cuestión de la existencia de toda la sociedad
burguesa. Durante cada crisis comercial se destruye sistemáticamente, no sólo
una parte considerable de productos elaborados, sino incluso de las mismas
fuerzas productivas ya creadas. Durante las crisis, una epidemia social, que
en cualquier época anterior hubiera parecido absurda, se extiende sobre la
sociedad: la epidemia de la superproducción. La sociedad se encuentra
súbitamente retrotraída a un estado de barbarie momentánea: diríase que el hambre, que una guerra devastadora mundial
la han privado de todos sus medios de subsistencia; la industria y el
comercio parecen aniquilados. Y todo eso, ¿por qué? Porque la sociedad posee
demasiada civilización, demasiados medios de vida, demasiada industria,
demasiado comercio. Las fuerzas productivas de que dispone no favorecen ya el
régimen de la propiedad burguesa; por el contrario, resultan ya demasiado
poderosas para estas relaciones, que constituyen un obstáculo para su
desarrollo; y cada vez que las fuerzas productivas salvan este obstáculo,
precipitan en el desorden a toda la sociedad burguesa y amenazan la
existencia de la propiedad burguesa. Las relaciones burguesas resultan
demasiado estrechas para contener las riquezas creadas en su seno. ¿Cómo
vence esta crisis la burguesía? De una parte, por la destrucción obligada de una
masa de fuerzas productivas; de la otra, por la conquista de nuevos mercados
y la explotación más intensa de los antiguos. ¿De qué modo lo hace, pues?
Preparando crisis más extensas y más violentas y disminuyendo los medios de
prevenirlas. Las armas de que se sirvió la burguesía para derribar al
feudalismo se vuelven ahora contra la propia burguesía. En la misma proporción en que se desarrolla la burguesía,
es decir, el capital, desarróllase también el
proletariado, la clase de los obreros modernos, que no viven sino a condición
de encontrar trabajo, y lo encuentran únicamente mientras su trabajo
acrecienta el capital. Estos obreros, obligados a venderse al detalle, son
una mercancía como cualquier otro artículo de comercio, sujeta, por tanto, a
todas las vicisitudes de la competencia, a todas las fluctuaciones del
mercado. El creciente empleo de las máquinas y la división del
trabajo quitan al trabajo del proletariado todo carácter propio y le hacen
perder con ello todo atractivo para el obrero. Este se convierte en un simple
apéndice de la máquina, y sólo se le exigen las operaciones más sencillas,
más monótonas y de más fácil aprendizaje. Por tanto, lo que cuesta hoy día el
obrero se reduce poco más o menos a los medios de subsistencia
indispensables para vivir y para perpetuar su linaje. Pero el precio
de todo trabajo, como el de toda mercancía, es igual a los gastos de
producción. Por consiguiente, cuanto más fastidioso resulta el trabajo, más
bajan los salarios. Más aún, cuanto más se desarrollan la maquinaria y la
división del trabajo, más aumenta la cantidad de trabajo, ya sea mediante la
prolongación de la jornada, ya sea por el aumento del trabajo exigido en un
tiempo dado, la aceleración del movimiento de las máquinas, etc.
Cuanto menos habilidad y fuerza requiere el
trabajo manual, es decir, cuanto mayor es el desarrollo de la industria
moderna, mayor es la proporción en que el trabajo de los hombres es
suplantado por el de las mujeres y los niños. Por lo que respecta a la clase
obrera, las diferencias de edad y sexo pierden toda significación social. No
hay más que instrumentos de trabajo, cuyo coste varía según la edad y el
sexo. Una vez que el obrero ha sufrido la explotación del
fabricante y ha recibido su salario en metálico, se convierte en víctima de
otros elementos de la burguesía: el casero, el tendero, el prestamista, etc. Pequeños industriales, pequeños comerciantes y rentistas,
artesanos y campesinos, toda la escala inferior de las clases medias de otro
tiempo, caen en las filas del proletariado; unos, porque sus pequeños
capitales no les alcanzan para acometer grandes empresas industriales y
sucumben en la competencia con los capitalistas mas fuertes; otros, porque su
habilidad profesional se ve despreciada ante los nuevos métodos de
producción. De tal suerte, el proletariado se recluta entre todas las clases
de la población. El proletariado pasa por diferentes etapas de desarrollo.
Su lucha contra la burguesía comienza con su surgimiento.
Pero la industria, en su desarrollo, no sólo acrecienta el
número de proletarios, sino que les concentra en masas considerables; su
fuerza aumenta y adquieren mayor conciencia de la misma. Los intereses y las
condiciones de existencia de los proletarios se igualan cada vez más a medida
que la máquina va borrando las diferencias en el trabajo y reduce el salario,
casi en todas partes, a un nivel igualmente bajo. Como resultado de la
creciente competencia de los burgueses entre sí y de las crisis comerciales
que ella ocasiona, los salarios son cada vez más fluctuantes; el constante y
acelerado perfeccionamiento de la máquina coloca al obrero en situación cada
vez más precaria; las colisiones entre el obrero individual y el burgués
individual adquieren más y más el carácter de colisiones entre dos clases.
Los obreros empiezan a formar coaliciones contra los burgueses y actúan en
común para la defensa de sus salarios. Llegan hasta formar asociaciones
permanentes para asegurarse los medios necesarios, en previsión de estos
choques eventuales. Aquí y allá la lucha estalla en sublevación. Esta organización del proletariado en clase y, por tanto,
en partido político, vuelve sin cesar a ser socavada por la competencia entre
los propios obreros. pero resurge, y siempre más
fuerte, más firme, más potente. Aprovecha las disensiones intestinas de los
burgueses para obligarlos a reconocer por ley algunos intereses de la clase
obrera; por ejemplo, la ley de la jornada de diez horas en Inglaterra. En general, las colisiones en la vieja sociedad favorecen
de diversas maneras el proceso de desarrollo del proletariado. La burguesía
vive en lucha permanente; al principio, contra la aristocracia; después,
contra aquellas facciones de la misma burguesía cuyos intereses entran en
contradicción con los progresos de la industria; y siempre, en fin, contra la
burguesía de todos los demás países. En todas estas luchas se ve forzada a apelar
al proletariado, a reclamar su ayuda y a arrastrarlo así al movimiento
político. De tal manera, la burguesía proporciona a los proletarios los
elementos de su propia educación, es decir, armas contra ella misma. Además, como acabamos de ver, el progreso de la industria
precipita a las filas del proletariado a capas enteras de la clase dominante,
o, al menos, las amenaza en sus condiciones de existencia. También ellas
aportan al proletariado numerosos elementos de educación. Finalmente, en los períodos en que la lucha de clases se
acerca a su desenlace, el proceso de desintegración de la clase dominante, de
toda la vieja sociedad, adquiere un carácter tan violento y tan agudo que una
pequeña fracción de esa clase reniega de ella y se adhiere a la clase revolucionaria,
a la clase en cuyas manos está el porvenir. Y así como antes una parte de la
nobleza se pasó a la burguesía, en nuestros días un sector de la burguesía se
pasa al proletariado, particularmente ese sector de los ideólogos burgueses
que se han elevado hasta la comprensión teórica del conjunto del movimiento
histórico. De todas las clases que hoy se enfrentan con la burguesía,
sólo el proletariado es una clase verdaderamente revolucionaria. Las demás
clases van degenerando y desaparecen con el desarrollo de la gran industria;
el proletariado, en cambio, es su producto más peculiar. Los estamentos medios —el pequeño industrial, el pequeño comerciante, el artesano, el campesino—
luchan, todos ellos, contra la burguesía para salvar de la ruina su
existencia como tales estamentos medios. No son, pues, revolucionarios, sino
conservadores. Más todavía, son reaccionarios, ya que pretenden volver atrás
la rueda de la Historia. Son revolucionarios únicamente por cuanto tienen
ante sí la perspectiva de su tránsito inminente al proletariado, defendiendo
así, no sus intereses presentes, sino sus intereses futuros, por cuanto
abandonan sus propios puntos de vista para adoptar los del proletariado. El lumpenproletariado, ese
producto pasivo de la putrefacción de las capas más bajas de la vieja
sociedad, puede a veces ser arrastrado al movimiento por una revolución
proletaria; sin embargo, en virtud de todas sus condiciones de vida está más
dispuesto a venderse a la reacción para servir a sus maniobras. Las condiciones de existencia de la vieja sociedad están ya
abolidas en las condiciones de existencia del proletariado. El proletariado
no tiene propiedad; sus relaciones con la mujer y con los hijos no tienen
nada en común con las relaciones familiares burguesas; el trabajo industrial
moderno, el moderno yugo del capital, que es el mismo en Inglaterra que en
Francia, en Norteamérica que en Alemania, despoja al proletariado de todo
carácter nacional. Las leyes, la moral, la religión son para él meros prejuicios
burgueses, detrás de los cuales se ocultan otros tantos intereses de la
burguesía. Todas las clases que en el pasado lograron hacerse
dominantes trataron de consolidar la situación adquirida sometiendo a toda la
sociedad a las condiciones de su modo de apropiación. Los proletarios no
pueden conquistar las fuerzas productivas sociales, sino aboliendo su propio
modo de apropiación en vigor y, por tanto, todo modo de apropiación existente
hasta nuestros días. Los proletarios no tienen nada que salvaguardar; tienen
que destruir todo lo que hasta ahora ha venido garantizando y asegurando la
propiedad privada existente. Por su forma, aunque no por su contenido, la lucha del
proletariado contra la burguesía es primeramente una lucha nacional. Es
natural que el proletariado de cada país deba acabar en primer lugar con su
propia burguesía. Capítulo 2º.— Proletarios y
comunistas ¿Cuál es la posición de los comunistas con respecto a los
proletarios en general? Los comunistas no forman un partido aparte, opuesto a los
otros partidos obreros. No tienen intereses que los separen del conjunto del
proletariado. No proclaman principios especiales a los cuales quisieran
amoldar el movimiento proletario. Los comunistas sólo se distinguen de los demás partidos
proletarios en que, por una parte, en las diferentes luchas nacionales de los
proletarios, destacan y hacen valer los intereses comunes a todo el
proletariado, independientemente de la nacionalidad; y por otra parte, en
que, en las diferentes fases de desarrollo por que pasa la lucha entre el
proletariado y la burguesía, representan siempre los intereses del movimiento
en su conjunto. El objetivo inmediato de los comunistas es el mismo que el
de todos los demás partidos proletarios: constitución de los proletarios en
clase, derrocamiento de la dominación burguesa, conquista del poder político
por el proletariado. No son sino la expresión de conjunto de las condiciones
reales de una lucha de clases existente, de un movimiento histórico que se
está desarrollando ante nuestros ojos. La abolición de las relaciones de
propiedad preexistentes no es una característica propia del comunismo. Todas las relaciones de propiedad han sufrido constantes
cambios históricos, continuas transformaciones históricas.
¿O tal vez os referís a la propiedad privada burguesa
moderna? ¿Es que el trabajo asalariado, el trabajo del proletario, crea
propiedad para el proletario? De ninguna manera. Lo que crea es capital, es
decir, la propiedad que explota al trabajo asalariado y que no puede
acrecentarse sino a condición de producir nuevo trabajo asalariado, para
volver a explotarlo. En su forma actual, la propiedad se mueve en el
antagonismo entre el capital y el trabajo asalariado. Examinemos los dos
términos de este antagonismo. En consecuencia, si se transforma el capital en propiedad
colectiva, perteneciente a todos los miembros de la sociedad, no es la
propiedad personal la que se transforma en propiedad social. Sólo cambia el
carácter social de la propiedad. Ésta pierde su carácter de clase. Examinemos el trabajo asalariado. El precio medio del trabajo asalariado es el mínimo del
salario, es decir, la suma de los medios de subsistencia indispensables al
obrero para conservar sus vida como tal obrero. Por
consiguiente, lo que el obrero asalariado se apropia por su actividad es
estrictamente lo que necesita para la mera reproducción de su vida. No
queremos de ninguna manera abolir esta apropiación personal de los productos
del trabajo, indispensables para la mera reproducción de la vida humana, esa
apropiación, que no deja ningún beneficio líquido que pueda dar un poder
sobre el trabajo de otro. Lo que queremos suprimir es el carácter miserable
de esa apropiación, que hace que el obrero no viva sino para acrecentar el
capital y tan sólo en la medida en que el interés de la clase dominante exige
que viva. En la sociedad burguesa, el trabajo vivo no es más que un
medio de incrementar el trabajo acumulado. En la sociedad comunista, el
trabajo acumulado no es más que un medio de ampliar, de enriquecer y hacer
más fácil la vida de los trabajadores. De este modo, en la sociedad burguesa el pasado domina
sobre el presente; en la sociedad comunista es el presente el que domina
sobre el pasado. En la sociedad burguesa el capital es independiente y tiene
personalidad, mientras que el individuo que trabaja carece de independencia y
está despersonalizado. Por `libertad', en las condiciones actuales de la
producción burguesa, se entiende la libertad de comercio, la libertad de
comprar y vender. Desaparecida la compraventa, desaparecerá también la
libertad de compraventa. Las declamaciones sobre la libertad de compraventa,
lo mismo que las demás bravatas liberales de nuestra burguesía, sólo tienen
sentido aplicadas a la compraventa encadenada y al
burgués sojuzgado de la Edad Media; pero no ante la abolición comunista de
compraventa de las relaciones de producción burguesas y de la propia
burguesía. En una palabra, nos acusáis de querer abolir vuestra
propiedad. Efectivamente, eso es lo que queremos.
El comunismo no arrebata a nadie la facultad de apropiarse
de los productos sociales; no quita más que el poder de sojuzgar por medio de
esta apropiación el trabajo ajeno. Se ha objetado que con la abolición de la propiedad
privada cesaría toda actividad y sobrevendría una indolencia general. Todas las objeciones dirigidas contra el modo comunista de
apropiación y de producción de bienes materiales se hacen extensivas
igualmente respecto a la apropiación y a la producción de los productos del
trabajo intelectual. Lo mismo que para el burgués la desaparición de la
propiedad de clase equivale a la desaparición de toda producción, la
desaparición de la cultura de clase significa para él la desaparición de toda
cultura. La cultura cuya pérdida deplora no es para la inmensa
mayoría de los hombres más que el adiestramiento que los transforma en
máquinas. Mas no discutáis con nosotros mientras apliquéis a la
abolición de la propiedad burguesa el criterio de vuestras nociones burguesas
de libertad, cultura, derecho, etc. Vuestras ideas mismas son producto de las
relaciones de producción y de propiedad burguesas, como vuestro derecho no es
más que la voluntad de vuestra clase erigida en ley; voluntad cuyo contenido
está determinado por las condiciones materiales de existencia de vuestra
clase. La familia burguesa desaparece naturalmente al dejar de
existir ese complemento suyo, y ambos desaparecen con la desaparición del
capital. ¿Nos reprocháis el querer abolir la explotación de los
hijos por sus padres? Confesamos este crimen. Las declamaciones burguesas sobre la familia y la
educación, sobre los dulces lazos que unen a los padres con sus hijos,
resultan más repugnantes a medida que la gran industria destruye todo vínculo
de familia para el proletario y transforma a los niños en simples artículos
de comercio, en simples instrumentos de trabajo.
No sospecha que se trata
precisamente de acabar con esa situación de la mujer como simple instrumento
de producción.
Nuestros burgueses, no satisfechos con tener a su
disposición las mujeres y las hijas de sus obreros, sin hablar de la
prostitución oficial, encuentran un placer singular en seducir unos a las
esposas de otros. Los obreros no tienen patria. No se les puede arrebatar lo
que no poseen. Mas, por cuanto el proletariado debe en primer lugar
conquistar el poder político, elevarse a la condición de clase nacional,
constituirse en nación, todavía es nacional, aunque de ninguna manera en el
sentido burgués. El aislamiento nacional y los antagonismos entre los
pueblos desaparecen de día en día con el desarrollo de la burguesía, la
libertad de comercio y el mercado mundial, con la uniformidad de la
producción industrial y las condiciones de existencia que le corresponden. El dominio del proletariado los hará desaparecer más de
prisa todavía. La acción común, al menos de los países civilizados, es una de
las primeras condiciones de su emancipación. En la misma medida en que sea abolida la explotación de un
individuo por otro, será abolida la explotación de una nación por otra. Al mismo tiempo que el antagonismo de las clases en el
interior de las naciones, desaparecerá la hostilidad de las naciones entre
sí. En cuanto a las acusaciones lanzadas contra el comunismo,
partiendo del punto de vista de la religión, de la filosofía y de la
ideología en general, no merecen un examen detallado. ¿Acaso se necesita una gran perspicacia para comprender
que con cualquier cambio en las condiciones de vida, en las relaciones
sociales, en la existencia social, cambian también las ideas, las nociones y
las concepciones, en una palabra, la conciencia del hombre? ¿Qué demuestra la historia de las ideas sino que la
producción intelectual se transforma con la producción material? Las ideas
dominantes en cualquier época no han sido nunca más que las ideas de la clase
dominante. En el ocaso del mundo antiguo, las viejas religiones
fueron vencidas por la religión cristiana. Cuando, en el siglo XVIII, las
ideas cristianas fueron vencidas por las ideas de la ilustración, la sociedad
feudal libraba una lucha a muerte contra la burguesía, entonces
revolucionaria. Las ideas de libertad religiosa y de libertad de conciencia
no hicieron más que reflejar el reinado de la libre concurrencia en el
dominio del saber. «Sin duda —se nos dirá—,
las ideas religiosas, morales, filosóficas, políticas, jurídicas, etc, se han ido modificando en el curso del desarrollo
histórico. Pero la religión, la moral, la filosofía, la política, el derecho
se han mantenido siempre a través de estas transformaciones. Existen, además, verdades eternas, tales como la libertad,
la justicia, etc, que son comunes a todo estado de
la sociedad. Pero el comunismo quiere abolir estas verdades eternas, quiere
abolir la religión y la moral, en lugar de darles una forma nueva, y por eso
contradice a todo el desarrollo histórico anterior». ¿A qué se reduce esta acusación? La historia de todas las
sociedades que han existido hasta hoy se desenvuelve en medio de
contradicciones de clase, de contradicciones que revisten formas diversas en
las diferentes épocas. La revolución comunista es la ruptura más radical con las
relaciones de propiedad tradicionales, nada tiene de extraño que el curso de
su desarrollo rompa de la manera más radical con las ideas tradicionales. Como ya hemos visto más arriba, el primer paso de la
revolución obrera es la elevación del proletariado a clase dominante, la
conquista de la democracia. El proletariado se valdrá de su dominación política para
ir arrancando gradualmente a la burguesía todo el capital, para centralizar
todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir, del
proletariado organizado como clase dominante, y para aumentar con la mayor
rapidez posible la suma de las fuerzas productivas. Estas medidas, naturalmente, serán diferentes en los
diversos países. Sin embargo, en los países más avanzados podrán ponerse en
práctica casi por doquier las siguientes medidas: 1ª. Expropiación de la propiedad del suelo y empleo de la
renta de la tierra para los gastos del Estado. 2ª. Fuerte impuesto progresivo. 3ª. Abolición de los derechos de herencia. 4ª. Confiscación de la propiedad de todos los emigrados y
sediciosos. 5ª. Centralización del crédito en manos del Estado por medio
de un Banco nacional con capital del Estado y monopolio exclusivo. 6ª. Centralización en manos del Estado de todos los medios
de transporte. 7ª. Multiplicación de las empresas fabriles pertenecientes
al Estado y de los instrumentos de producción, roturación de las tierras
incultas y mejora de las cultivadas, según un plan general. 8ª. Obligación de trabajar para todos; organización de
ejércitos industriales, particularmente para la agricultura. 9ª. Combinación de la agricultura y la industria; medidas
encaminadas a hacer desaparecer gradualmente la diferencia entre la ciudad y
el campo. 10ª. Educación pública y gratuita de todos los niños;
abolición del trabajo de éstos en las fábricas tal como se practica hoy;
régimen de educación combinado con la producción material, etc, etc. Una vez que en el curso del desarrollo hayan desaparecido
las diferencias de clase y se haya concentrado toda la producción en manos de
los individuos asociados, el poder público perderá su carácter político. El
poder político, hablando propiamente, es la violencia organizada de una clase
para la opresión de otra. Si en la lucha contra la burguesía el proletariado
se constituye indefectiblemente en clase; si mediante la revolución se
convierte en clase dominante y, en cuanto clase dominante, suprime por la
fuerza las viejas relaciones de producción, suprime, al mismo tiempo que
estas relaciones de producción, las condiciones para la existencia del
antagonismo de clase y de las clases en general, y, por tanto, su propia
dominación como clase. En sustitución de la antigua sociedad burguesa con sus
clases y sus antagonismos de clase, surgirá una asociación en que el libre
desenvolvimiento de cada uno será la condición del libre desenvolvimiento de
todos. Capítulo 3º.— Literatura socialista
y comunista 1.
EL SOCIALISMO REACCIONARIO. a) El socialismo feudal. Por su posición histórica, la aristocracia francesa e
inglesa estaba llamada a escribir libelos contra la moderna sociedad
burguesa. En la revolución francesa de julio de 1880 y en el movimiento
inglés por la reforma parlamentaria, había sucumbido una vez más bajo los
golpes del odiado advenedizo. En adelante no podía hablarse siquiera de una
lucha política seria. No le quedaba más que la lucha literaria. Pero, también
en el terreno literario, la vieja fraseología de la época de la Restauración
había llegado a ser inaceptable. Para crearse simpatías era menester que la
aristocracia aparentase no tener en cuenta sus propios intereses y que
formulara su acta de acusación contra la burguesía sólo en interés de la
clase obrera explotada. Dióse de esta suerte la
satisfacción de componer canciones satíricas contra su nuevo amo y de
musitarle al oído profecías más o menos siniestras. Así es como nació el socialismo feudal, mezcla de
jeremiadas y pasquines, de ecos del pasado y de amenazas sobre el porvenir.
Si alguna vez su crítica amarga, mordaz e ingeniosa hirió a la burguesía en
el corazón, su incapacidad absoluta para comprender la marcha de la historia
moderna concluyó siempre por cubrirlo de ridículo. Una parte de los legitimistas franceses y la «Joven
Inglaterra» han dado al mundo este espectáculo cómico. Disfrazan tan poco, por otra parte, el carácter
reaccionario de su crítica, que la principal acusación que presentan contra
la burguesía es precisamente haber creado bajo su régimen una clase que hará
saltar por los aires todo el antiguo orden social. Lo que imputan a la burguesía no es tanto el haber hecho
surgir un proletariado en general, sino el haber hecho surgir un proletariado
revolucionario. Por eso, en la práctica política, toman parte en todas las
medidas de represión contra la clase obrera. Y en la vida diaria, a pesar de
su fraseología ampulosa, se las ingenian para recoger los frutos de oro y
trocar el honor, el amor y la fidelidad por el comercio en lanas, remolacha
azucarera y aguardiente. Del mismo modo que el cura y el señor feudal han marchado
siempre de la mano, el socialismo clerical marcha unido con el socialismo
feudal. Nada más fácil que recubrir con un barniz socialista el
ascetismo cristiano. ¿Acaso el cristianismo no se levantó también contra la
propiedad privada, el matrimonio y el Estado? ¿No predicó en su lugar la
caridad y la pobreza, el celibato y la mortificación de la carne, la vida
monástica y la Iglesia? El socialismo cristiano no es más que el agua bendita
con que el clérigo consagra el despecho de la aristocracia. b) El socialismo pequeño-burgués. La aristocracia feudal no es la única clase hundida por la
burguesía y no es la única clase cuyas condiciones de existencia empeoran y
van extinguiéndose en la sociedad burguesa moderna. Los habitantes de las
ciudades medievales y el estamento de los pequeños agricultores de la Edad
Media fueron los precursores de la burguesía moderna. En los países de una
industria y un comercio menos desarrollado, esta clase continúa vegetando al
lado de la burguesía en auge. En los países donde se ha desarrollado la civilización
moderna, se ha formado —y, como parte
complementaria de la sociedad burguesa, sigue formándose sin cesar—
una nueva clase de pequeños burgueses que oscila entre el proletariado y la
burguesía. Pero los individuos que la componen se ven continuamente
precipitados a las filas del proletariado a causa de la competencia y, con el
desarrollo de la gran industria, ven aproximarse el momento en que desaparecerán
por completo como fracción independiente de la sociedad moderna y en que
serán reemplazados en el comercio, en la manufactura y en la agricultura por
capataces y empleados. En países como Francia, donde los campesinos constituyen
bastante más de la mitad de la población, era natural que los escritores que
defienden la causa del proletariado contra la burguesía, aplicasen a su
crítica del régimen burgués el rasero del pequeño burgués y del pequeño
campesino, y defendiesen la causa obrera desde el punto de vista de la
pequeña burguesía. Así se formó el socialismo pequeñoburgués.
Sismondi es el más alto exponente de esa
literatura, no sólo en Francia, sino también en Inglaterra. Este socialismo analizó con mucha sagacidad las
contradicciones inherentes a las modernas relaciones de producción. Puso al
desnudo las hipócritas apologías de los economistas. Demostró de una manera
irrefutable los efectos destructores de la maquinaria y de la división del
trabajo, la concentración de los capitales y de la propiedad del suelo, la
superproducción, la crisis, la inevitable ruina de los pequeños burgueses y
de los campesinos, la miseria del proletariado, la anarquía en la producción,
la escandalosa desigualdad en la distribución de las riquezas, la exterminadora
guerra industrial de las naciones entre sí, la disolución de las viejas
costumbres, de las antiguas relaciones familiares, de las viejas
nacionalidades. Sin embargo, el contenido positivo de ese socialismo
consiste, bien en su anhelo de restablecer los antiguos medios de producción
y de cambio, y con ellos las antiguas relaciones de propiedad y toda la
sociedad antigua, bien en querer encajar por la fuerza los medios modernos de
producción y de cambio en el marco de las antiguas relaciones de propiedad,
que ya fueron rotas, que fatalmente debían ser rotas por ellos. En uno y otro
caso, este socialismo es a la vez reaccionario y utópico. Para la manufactura, el sistema gremial; para la
agricultura, el régimen patriarcal; he aquí su última palabra. c) El socialismo alemán o socialismo «verdadero». La literatura socialista y comunista de Francia, que nació
bajo el yugo de una burguesía dominante, como expresión literaria de una
lucha contra dicha dominación, fue introducida en Alemania en el momento en
que la burguesía acababa de comenzar su lucha contra el absolutismo feudal. Filósofos, semifilósofos e
ingenios de salón alemanes se lanzaron ávidamente sobre esta literatura; pero
olvidaron que con la importación de la literatura francesa no habían sido
importadas a Alemania, al mismo tiempo, las condiciones sociales de Francia.
En las condiciones alemanas, la literatura francesa perdió toda significación
práctica inmediata y tomó un carácter puramente literario. Debía parecer más
bien una especulación ociosa sobre la realización de la esencia humana. De
este modo, para los filósofos alemanes del siglo XVIII, las reivindicaciones
de la primera revolución francesa no eran más que reivindicaciones de la
«razón práctica» en general, y las manifestaciones de la voluntad de la
burguesía revolucionaria de Francia no expresaban a sus ojos más que las
leyes de la voluntad pura, de la voluntad tal como debía ser, de la voluntad
verdaderamente humana. Toda la labor de los literatos alemanes se redujo
exclusivamente a poner de acuerdo las nuevas ideas francesas con su vieja
conciencia filosófica, o, más exactamente, a asimilarse las ideas francesas
partiendo de sus propias opiniones filosóficas.
Este socialismo alemán, que tomaba tan solemnemente en
serio sus torpes ejercicios de escolar y que con tanto estrépito charlatanesco los lanzaba a los cuatro vientos, fue
perdiendo poco a poco su inocencia pedantesca. De esta suerte, ofreciósele al
«verdadero» socialismo la ocasión tan deseada de contraponer al movimiento
político las reivindicaciones socialistas, de fulminar los anatemas
tradicionales contra el liberalismo, contra el Estado representativo, contra
la concurrencia burguesa, contra la libertad burguesa de prensa, contra el
derecho burgués, contra la libertad y la igualdad burguesas y de predicar a
las masas populares que ellas no tenían nada que ganar, y que más bien
perderían todo en este movimiento burgués. El socialismo alemán olvidó muy a
propósito que la crítica francesa, de la cual era un simple eco insípido,
presuponía la sociedad burguesa moderna, con las correspondientes condiciones
materiales de vida y una constitución política adecuada, es decir,
precisamente las premisas que todavía se trataba de conquistar en Alemania. Para los gobiernos absolutos de Alemania, con su séquito de
clérigos, de mentores, de hidalgos rústicos y de burócratas, este socialismo
se convirtió en un espantajo propicio contra la burguesía que se levantaba
amenazadora. Si el socialismo «verdadero» se hizo así un arma en manos
de los gobiernos contra la burguesía alemana, representaba además,
directamente, un interés reaccionario, el interés del pequeño burgués alemán.
La pequeña burguesía, legada por el siglo XVI, y desde entonces renacida sin
cesar bajo diversas formas, constituye para Alemania la verdadera base social
del orden establecido. Mantenerla es conservar en Alemania el orden establecido.
La supremacía industrial y política de la burguesía la amenaza con una muerte
cierta: de una parte, por la concentración de los capitales, y de otra, por
el desarrollo de un proletariado revolucionario. A la pequeña burguesía le
pareció que el «verdadero» socialismo podía matar los dos pájaros de un tiro.
Y éste se propagó como una epidemia. Tejido con los hilos de araña de la especulación, bordado
de flores retóricas y bañado por un rocío sentimental, ese ropaje fantástico
en que los socialistas alemanes envolvieron sus tres o cuatro descarnadas
«verdades eternas», no hizo sino aumentar la demanda de su mercancía entre
semejante público. Por su parte, el socialismo alemán comprendió cada vez
mejor que estaba llamado a ser el representante pomposo de esta pequeña
burguesía. Proclamó que la nación alemana era la nación modelo y el mesócrata alemán el hombre modelo. A todas las infamias
de este hombre modelo les dio un sentido oculto, un sentido superior y
socialista, contrario a la realidad. Fue consecuente hasta el fin, manifestándose
de un modo abierto contra la tendencia «brutalmente destructiva» del
comunismo y declarando su imparcial elevación por encima de todas las luchas
de clases. Salvo muy raras excepciones, todas las obras llamadas socialistas
que circulan en Alemania pertenecen a esta inmunda y enervante literatura.
Una parte de la burguesía desea remediar los males sociales
con el fin de consolidar la sociedad burguesa. Citemos como ejemplo la Filosofía de la Miseria, de Proudhon. Los burgueses socialistas quieren perpetuar las condiciones
de vida de la sociedad moderna sin las luchas y los peligros que surgen
fatalmente de ellas. Quieren la sociedad actual sin los elementos que la
revolucionan y descomponen. Quieren la burguesía sin el proletariado. La
burguesía, como es natural, se representa el mundo en que ella domina como el
mejor de los mundos. El socialismo burgués hace de esta representación
consoladora un sistema más o menos completo. Cuando invita al proletariado a
llevar a la práctica su sistema y a entrar en la nueva Jerusalén, no hace
otra cosa, en el fondo, que inducirlo a continuar en la sociedad actual, pero
despojándose de la concepción odiosa que se ha formado de ella. Otra forma de este socialismo, menos sistemática, pero más
práctica, intenta apartar a los obreros de todo movimiento revolucionario,
demostrándoles que no es tal o cual cambio político el que podrá
bonificarlos, sino solamente una transformación de las condiciones materiales
de vida, de las relaciones económicas. Pero, por transformación de las
condiciones materiales de vida, este socialismo no entiende, en modo alguno,
la abolición de las relaciones de producción burguesas —lo cual no es posible más que por vía revolucionaria—,
sino únicamente reformas administrativas realizadas sobre la base de las
mismas relaciones de producción burguesas, y que, por tanto, no afectan a las
relaciones entre el capital y el trabajo asalariado, sirviendo únicamente, en
el mejor de los casos, para reducirle a la burguesía los gastos que requiere
su dominio y para simplificarle la administración de su Estado.
¡Libre cambio, en interés de la clase obrera! ¡Aranceles
protectores, en interés de la clase obrera! ¡Prisiones celulares, en interés
de la clase obrera! He aquí la última palabra del socialismo burgués, la
única que ha dicho seriamente.
2.
EL SOCIALISMO Y EL COMUNISMO CRÍTICO-UTÓPICOS. No se trata aquí de la literatura que en todas las grandes
revoluciones modernas ha formulado las reivindicaciones del proletariado (los
escritos de Babeuf, etc).
Tanto por el débil desarrollo del mismo proletariado como
por la ausencia de las condiciones materiales de su emancipación —condiciones que surgen sólo como
producto de la época burguesa— fracasaron necesariamente las primeras
tentativas directas del proletariado para hacer prevalecer sus propios
intereses de clase, realizadas en tiempos de efervescencia general, en el
período del derrumbamiento de la sociedad feudal. La literatura
revolucionaria que acompaña a estos primeros movimientos del proletariado, es
forzosamente, por su contenido, reaccionaria. Preconiza un ascetismo general
y burdo igualitarismo. Los sistemas socialistas y comunistas propiamente dichos,
los sistemas de Saint-Simon, de Fourier,
de Owen, etc, hacen su aparición en el período
inicial y rudimentario de la lucha entre el proletariado y la burguesía,
período descrito anteriormente. (Véase «Burgueses y proletarios».) Los inventores de estos sistemas, por cierto, se dan cuenta
del antagonismo de las clases, así como de la acción de los elementos
destructores dentro de la misma sociedad dominante. Pero no advierten del lado
del proletariado ninguna iniciativa histórica, ningún movimiento político
propio. Como el desarrollo del antagonismo de clases corre parejo
con el desarrollo de la industria, ellos tampoco pueden encontrar las
condiciones materiales de la emancipación del proletariado, y se lanzan en
busca de una ciencia social, de unas leyes sociales que permitan crear esas
condiciones. En lugar de la acción social tienen que poner la acción de
su propio ingenio; en lugar de las condiciones históricas de la emancipación,
condiciones fantásticas; en lugar de la organización gradual del proletariado
en clase, una organización de la sociedad inventada por ellos. La futura
historia del mundo se reduce para ellos a la propaganda y ejecución práctica
de sus planes sociales. En la confección de sus planes tienen conciencia, por
cierto, de defender ante todo los intereses de la clase obrera, por ser la
clase que más sufre. El proletariado no existe para ellos sino bajo el
aspecto de la clase que más padece. Repudian, por eso, toda acción política, y en particular,
toda acción revolucionaria; propónense alcanzar su
objetivo por medios pacíficos, intentando abrir camino al nuevo evangelio
social valiéndose de la fuerza del ejemplo, por medio de pequeños
experimentos, que, naturalmente, fracasan siempre. Estas fantásticas descripciones de la sociedad futura, que
surgen en una época en que el proletariado, todavía muy poco desarrollado,
considera aún su propia situación de una manera también fantástica, provienen
de las primeras aspiraciones de los obreros, llenas de profundo
presentimiento, hacia una completa transformación de la sociedad. La importancia del socialismo y del
comunismo crítico-utópicos está en razón inversa al desarrollo
histórico. A medida que la lucha de clases se acentúa y toma formas más
definidas, el fantástico afán de ponerse por encima de ella, esa fantástica
oposición que se le hace, pierde todo valor práctico, toda justificación
teórica. He ahí por qué, si en muchos aspectos los autores de esos sistemas
eran revolucionarios, las sectas formadas por sus discípulos son siempre
reaccionarias, pues se aferran a las viejas concepciones de sus maestros, a
pesar del ulterior desarrollo histórico del proletariado. Buscan, pues —y en eso son consecuentes— embotar la lucha de clases
y conciliar los antagonismos. Continúan soñando con la experimentación de sus
utopías sociales; con establecer falansterios aislados, crear colonias
interiores en sus países o fundar una pequeña Icaria, edición en dozavo de la nueva Jerusalén. Y para la construcción de
todos esos castillos en el aire se ven forzados a apelar a la filantropía de
los corazones y de los bolsillos burgueses. Poco a poco van cayendo en la
categoría de los socialistas reaccionarios o conservadores descritos más
arriba y sólo se distinguen de ellos por una pedantería más sistemática y una
fe supersticiosa y fanática en la eficacia milagrosa de su ciencia social. Por eso se oponen con encarnizamiento a todo movimiento
político de la clase obrera, pues no ven en él sino el resultado de una ciega
falta de fe en el nuevo evangelio. Los owenistas, en Inglaterra,
reaccionan contra los cartistas, y los fourieristas, en Francia, contra los reformistas. Capítulo 4º.— Actitud de los
comunistas respecto a los diferentes partidos de oposición Los comunistas luchan por alcanzar los objetivos e
intereses inmediatos de la clase obrera; pero, al mismo tiempo, defienden
también, dentro del movimiento actual, el porvenir de ese movimiento. En
Francia, los comunistas se suman al Partido Socialista Democrático contra la
burguesía conservadora y radical, sin renunciar, sin embargo, al derecho de
criticar las ilusiones y los tópicos legados por la tradición revolucionaria.
En Suiza apoyan a los radicales, sin desconocer que este
partido se compone de elementos contradictorios, en parte de socialistas
democráticos, al estilo francés, y en parte de burgueses radicales. Entre los polacos, los comunistas apoyan al partido que ve
en una revolución agraria la condición de la liberación nacional; es decir,
al partido que provocó en 1846 la insurrección de Cracovia. En Alemania, el Partido Comunista lucha al lado de la burguesía,
en tanto que ésta actúa revolucionariamente contra la monarquía absoluta, los
terratenientes feudales y la pequeña burguesía reaccionaria. Los comunistas fijan su principal atención en Alemania,
porque Alemania se halla en vísperas de una revolución burguesa y porque
llevará a cabo esta revolución bajo condiciones más progresivas de la
civilización europea en general, y con un proletariado mucho más desarrollado
que el de Inglaterra en el siglo XVII y el de Francia en el siglo XVIII, y, por
lo tanto, la revolución burguesa alemana no podrá ser sino el preludio
inmediato de una revolución proletaria.
En fin, los comunistas trabajan en todas partes por la
unión y el acuerdo entre los partidos democráticos de todos los países. Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y
propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser
alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Las
clases dominantes pueden temblar ante una Revolución Comunista. Los
proletarios no tienen con ella nada que perder más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar. |
¡PROLETARIOS DE TODOS LOS PAÍSES, UNÍOS!
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